«Somos el presente» de Xavier Sala-i-Martín


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Se que ando en una ola de leer y publicar discursos pero es que ultimamente estos me han impactado gratamente. Ahora es el turno de uno de mis economistas y escritores preferidos, Xavier Sala-i-Martín en su discuso de aceptación del Premio Rey Juan Carlos de Economía, en Diciembre de 2004. XSM dentro de su agradecimiento por el premio hace una descripción excelsa de dos de las principales preguntas que se hace la ciencia económica;  ¿por qué son pobres? y ¿qué tienen que hacer para dejar de serlo? y habla especificamente del caso de África.

El discurso pese a lo largo y tendido no tiene pérdida, en un derroche de conocimiento con un increible final.

Espero que les guste…

Majestad, Amigas, amigos, señoras y señores:

Primavera de 1894. Todo el público londinense se encuentra en estado de conmoción porque Sherlock Holmes acaba de demostrar que el honorable Coronel Moran, héroe de la guerra de la India, es un peligroso miembro de la banda del profesor Moriarty y es también el asesino de Lord Adair. El Coronel trajo de la India un rifle innovador que funciona con aire comprimido, con el que disparó a Adair sin que nadie oyera el estallido. Esa innovación engaña a los investigadores de Scotland Yard, pero no al mejor detective de todos los tiempos, sabio conocedor de las últimas tecnologías armamentísticas. Solucionado el caso, un doctor Watson sorprendido se pregunta por qué hay gente buena y gente mala. Sherlock Holmes le responde: «Hay árboles, mi querido Watson, que después de crecer normalmente hasta cierta altura, de repente comienzan a desarrollar las formas más extravagantes, aunque son las mismas formas que tienen los árboles de los que descienden. Lo mismo puede verse entre los seres humanos: durante su desarrollo, el hombre representa a toda la larga serie de sus antepasados y toda inclinación súbita hacia el bien o hacia el mal debe atribuirse a alguna poderosa influencia recibida de sus antecesores. El individuo viene a ser, por decirlo así, el compendio de la historia de su propio linaje».

Coincido con el gran detective de Baker Street y, al ser yo mismo el compendio de la historia de mi propio linaje, no soy yo, sino mi familia, quien merece el Premio Juan Carlos I de Economía, y es en nombre de mi familia y el mío propio en el que agradezco a su Majestad, a los miembros del jurado y a la Fundación Celma Prieto su concesión. Permítanme, pues, que dirija unas palabras a mis familiares en nuestra lengua propia, el catalán:

Us agraixo, per sobre de tot, a vosaltres, pare i mare, per tot el què m’heu donat a través dels anys. Sense la vostra llavor, la vostra educació, el vostre sacrifici, el vostre exemple i, sobre tot, el vostre amor, jo no hagués pogut fer res de tot això.

Gràcies, també, als meus germans Olga, Montse i Emili i les seves parelles i famílies per tot el suport rebut al llarg de la vida. Tinc un deute especial amb la Cristina Illa, una companya fantàstica que va treballar molt per a que jo pugués estudiar i que em va donar el que més estimo al món: la Úrsula.

Finalment, gràcies a tu, Úrsula, perquè éts qui més has sofert les meves llargues hores de treball a l’oficina i els meus inacabables viatges per tot el món que han fet que tantes i tantes nits no pogués estar amb tu quan, abans d’anar a dormir em venies a fer un petò i em deies allò que, encara avui m’agrada tant: «Daddy, can you tuck me in?».

Abans d’acabar aquests agraïments familiars, m’agradaria dedicar aquest premi a dues persones que ja no estan entre nosaltres, però que sé que estarien molt contentes de poder estar avui aquí: el Ramón Oriol Martín Montemayor, el meu cosí favorit des que va néixer i l’oncle Joan Martín Pujol, responsable màxim de que jo seguís estudiant quan ho havia de fer i de que jo acabés sent l’economista que sóc.

Gràcies a tots. Gràcies, de tot cor.

Es un honor para mí formar parte de esa lista de ilustres economistas que han ganado el Premio Juan Carlos I antes que yo: Luis Ángel Rojo, Julio Segura, Miguel Mancera, Gabriel Tortella, Salvador Barberà, Enrique Fuentes Quintana, Guillermo Calvo y Juan Velarde. ¡Sí! Ya lo sé. Me he dejado a Andreu Mas-Colell. Pero lo he dejado expresamente porque Andreu merece una mención especial. No solo porque es el mejor economista estatal del último siglo, a cuyo lado los demás parecemos enanos, sino porque a Andreu me une una especial amistad. Es más, si bien es cierto, como apuntaba Sherlock Holmes, que todo individuo representa «el compendio de su propio linaje», no es menos cierto que también representa «el compendio de todos los maestros que ha tenido a lo largo de su vida». En este sentido, pues, Andreu también tiene una parte de responsabilidad en este premio, ya que fue y sigue siendo uno de mis maestros y guías espirituales. ¡Gràcies, doncs, mestre Andreu!

Se podría decir que mi carrera empezó cuando, con 17 años, acabé el bachillerato y, con la extraordinaria visión de futuro que me caracteriza, decidí estudiar una carrera en la cual yo sabía que podía sobresalir y estudiarla en una de las mejores facultades de Europa, la Autònoma de Barcelona. Se podría decir…, pero sería mentira. De visión de futuro, nada. Fue todo un puro churro. Para empezar, yo no tenía ni idea de qué era eso de la Economía, porque estudié COU. Y como todo el mundo sabe, aquello era de todo menos «orientación» universitaria (siempre creí que la «o» de COU la habían puesto los ministros simplemente para demostrar que los gobiernos también tienen sentido del humor). Al no saber qué hacer, pregunté a mis padres quién era el miembro de mi familia que más dinero ganaba y qué había estudiado. La respuesta resultó ser mi tío Joan, quien había estudiado Económicas. Y esa es la carrera que escogí.

Lo de ir a la Autònoma de Bellaterra fue un azar geográfico, ya que, como recordarán ustedes, en aquella época los estudiantes éramos asignados a cada universidad por el Ministerio y el único criterio era el lugar de residencia.

En cualquier caso, la fortuna me sonrió y esas decisiones acabaron siendo extraordinariamente positivas e importantes para modelar mi futuro profesional. En la Autònoma de los años ochenta empezaban a converger muchos de los profesores que regresaban de haber estudiado en el extranjero y que, por lo tanto, entendían las fronteras del conocimiento y la investigación económica moderna. Intelectuales como Joan Martínez Alier, Xavier Calsamiglia, Josep Oliu (en una reencarnación que existió antes de dedicarse al negocio bancario en Sabadell) o Joaquim Silvestre, mi primer profesor de Microeconomía… y seguramente el mejor profesor que he tenido en mi vida. Joaquim tuvo una gran influencia sobre mí, no solo por la brillantez de sus lecciones, sino porque me despertó la curiosidad por la investigación económica y porque fue él quien me indujo a ir a estudiar el doctorado a Estados Unidos. Un buen día, Joaquim me vino a ver y me dijo: «Has de marxar a estudiar als Estats Units». Y así fue como, después de pasar un par de veranos haciendo de instructor de esquí náutico en Delaware para estudiar inglés —porque también fui víctima de aquel absurdo sistema educativo que creía que el francés (me refiero al lenguaje) servía para algo más que para alargar las ceremonias olímpicas—, me dirigí a la Universidad de Harvard, financiado por La Caixa, ¡a estudiar Microeconomía con el profesor Andreu Mas-Colell!

Acabado el primer curso del doctorado, el profesor Jeffrey Sachs me contrató para ir a trabajar a Bolivia, y allí mi dirección cambió de forma radical. La gran hiperinflación del 25.000% reducía la renta de unos ciudadanos de por sí extremadamente pobres. Por primera vez en mi vida vi pobreza y miseria de verdad. Allí me di cuenta de que el trabajo de los economistas tenía que ir mucho más allá de la elegancia de los modelos matemáticos y tenía que ayudar a toda aquella gente a salir de la terrible situación en la que vivía.

De vuelta a Harvard, pues, no me dediqué, como había previsto, a la Economía Matemática, sino que me especialicé en Economía Internacional y Macroeconomía con profesores como Jeffrey Sachs, Paul Krugman, Greg Mankiw, Rudy Dornbush y Stan Fischer. No cursé Economía del Desarrollo porque, en aquella época, ese campo estaba en manos de planificadores marxistas y gozaba de nula reputación académica. Tampoco estudié Crecimiento Económico porque la obsesión matemática de los años sesenta lo había matado y nadie se dedicaba a esa rama de la ciencia. Pero era 1986 y todo eso estaba a punto de cambiar. Efectivamente, un estudiante llamado Paul Romer acababa de publicar su Increasing Returns and Long-Run Growth y con él empezaba el renacimiento del crecimiento y desarrollo económico como área de investigación respetable. En medio de todo esto, Robert Barro llegó a Harvard y otra vez la diosa Fortuna se puso de mi lado, al ser yo nombrado su profesor ayudante. Digo diosa Fortuna porque, al no haber estudiado anteriormente Crecimiento Económico y al tener que dar clases de esa asignatura, decidí escribir unos apuntes para mi uso particular. Un buen día, Olivier Blanchard vio esos apuntes y me pidió que se los dejara para sus estudiantes del MIT. Los apuntes empezaron a circular y a circular por todo el mundo, hasta que llegaron a España de la mano de Antoni Bosch y se convirtieron en un libro, que se llamó (¡qué original!) Apuntes de Crecimiento Económico. Los apuntes sirvieron para que mis estudiantes aprendieran la asignatura, pero, sobre todo, me sirvieron a mí para hacer un mapa de toda esa rama del conocimiento. El mapa me permitió ver lo que se sabía y lo que no se sabía del tema de Crecimiento Económico y eso me condujo a escribir artículos para tapar todos los agujeros intelectuales que se veían. De allí salieron muchos artículos de investigación en colaboración con, entre otros, Robert Barro y Casey Mulligan, y un compendio de Economía del Crecimiento que Barro y yo publicamos en 1994 con el nombre de (otra vez, ¡qué original!) Economic Growth.

Al acabar el doctorado en Harvard me fui a dar clases a la competencia, Yale, hasta que un buen día me vino a ver Bob Mundell, profesor de la Universidad de Columbia y padre de la Teoría de la Moneda Única que sirvió para crear nuestro euro, y me dijo: «A man who wears fuchsia jackets can only live in New York City». Miré por la ventana de mi oficina de Yale y vi un bucólico paisaje con césped, árboles y vacas. Y me horroricé. Acepté la oferta de Columbia y al cabo de pocas semanas me mudaba a la gran ciudad, donde ahora tengo el lujo de ser colega del propio Mundell y, entre otros, de Rich Clarida, Ned Phelps, Michael Woodford y mi antiguo mentor, Jeffrey Sachs. En Columbia comparto la clase de Macroeconomía de primero de doctorado con una de las personas más inteligentes del mundo, a pesar de que es mi antítesis intelectual, Joseph Stiglitz. ¿Qué más puedo pedir? Bien… podría pedir… ¡formar parte de una de las mejores facultades de Economía de Europa! Pues también tengo esa suerte, porque, desde el año 1994, soy profesor visitante de la Universitat Pompeu Fabra en Barcelona. Allí cuento con numerosos grandes colegas y me he reecontrado con Jordi Galí, Andreu Mas-Colell, Xavier Calsamiglia y Joaquim Silvestre, además de muchos nuevos colegas de gran talla.

Una vez repasada mi carrera, me dicen los organizadores que debo explicarles un poco las razones por las que se me ha concedido el premio. La nota de prensa del sitio web del Banco de España dice que el premio era por mis estudios sobre el crecimiento económico y el desarrollo, la pobreza y la desigualdad, la productividad y la competitividad, el capital humano, la inversión, las finanzas públicas, la seguridad social y la economía monetaria.

Como no tengo espacio para hablarles de todo esto, me referiré solamente a las que considero son las dos preguntas más importantes que podemos hacernos los economistas en la actualidad. Digo que son las más importantes porque de su correcta respuesta depende el bienestar de centenares de millones de ciudadanos. Las preguntas son: ¿por qué son pobres los ciudadanos africanos? y ¿qué se debe hacer para que dejen de serlo?

Hace doscientos años, el mejor indicador de si una persona era rica o pobre era su clase social. Durante milenios, en todos los países hubo una clase dominante minoritaria y una gran mayoría de personas que vivían básicamente en una miseria que solamente les permitía subsistir. El ciudadano medio del Egipto de los faraones o la Roma imperial (esos ciudadanos medios eran esclavos o agricultores) no vivía peor ni mejor que los ciudadanos medios de la Europa medieval (los siervos de la gleba), los granjeros de la América colonial o los campesinos chinos durante la dinastía Ming: todos vivían, o malvivían o sobrevivían con lo justo. Todos eran, esencialmente, pobres.

Hoy las cosas han cambiado radicalmente, porque el bienestar de los ciudadanos no depende tanto de su clase social, sino del país en el que viven: un taxista, un médico, un obrero o un agricultor en Estados Unidos o en Japón vive mucho mejor que un ciudadano con exactamente la misma profesión en Zambia o Mozambique. A pesar de que muchos analistas han argumentado que la globalización hace que las fronteras ya no importen, yo diría que importan más que nunca. Para entender, pues, por qué unos ciudadanos son pobres y otros ricos, debemos entender por qué unos países son ricos y otros pobres. En palabras de Adam Smith, la pregunta es «¿cuáles son las causas de la Riqueza de las Naciones?».

Las mejores mentes económicas de los últimos siglos han intentado responder a esa pregunta. El propio Adam Smith explicó en 1776 que la clave era la existencia de un marco institucional que garantizara el libre comercio, que permitía explotar las enormes ganancias de productividad que generaba la especialización y la división del trabajo. Los grandes científicos del siglo XVIII y XIX, entre los que destacaron Thomas Malthus y David Ricardo, pensaron que la necesidad de utilizar recursos naturales, como la tierra, hacía inevitable el fenómeno de los rendimientos decrecientes y que la prosperidad tenía sus límites naturales.

A principios del siglo XX, Joseph Schumpeter, observando el progreso de algunos países europeos y norteamericanos, fundamentó el crecimiento económico en el progreso científico y tecnológico. Schumpeter escribía más o menos al tiempo que sir Arthur Conan Doyle narraba las historias de Sherlock Holmes y, como he subrayado al principio, la idea principal del «Misterio de la casa vacía» era que la innovación que suponía la aparición de la escopeta de aire comprimido debía permitir al Coronel Moran asesinar a Lord Aldair sin que nadie escuchara el disparo desde la Casa Vacía. Además del aire comprimido, estaban apareciendo innumerables inventos en todos los ámbitos: el telégrafo, el gramófono, la electricidad, la automoción, la Coca-Cola, la cadena de montaje, la aviación, la radio, el teléfono, el cine, los cucuruchos de vainilla, la teoría de la relatividad, la televisión, el yoyó, el helicóptero, el radar, la producción industrial masiva o… ¡el bikini de dos piezas! Schumpeter nos dejó un dramático y lúcido análisis del progreso tecnológico, en el que las empresas intentaban robarse cuota de mercado las unas a las otras no a través de bajar precios, sino a través de la innovación, en lo que famosamente catalogó como «creación destructiva». Las sociedades que progresaban se dotaban de un sistema legal que garantizaba esa propiedad intelectual, que incentivaba económicamente a investigar y descubrir nuevos productos y mejores procesos productivos. Las ideas de Schumpeter están hoy, en 2004, más vivas que nunca y debemos entenderlas si queremos progresar en el tema de la creación de vacunas contra las pandemias de sida y malaria, de las que hablaré después.

Con la Gran Depresión llegó el interés por la inversión en capital físico e infraestructuras, de la mano de Roy Harrod y Evsey Domar. La idea consistía en que la clave del progreso era, como nos decían nuestras abuelitas, el ahorro y la inversión. El gasto en inversión debía generar crecimiento económico. La idea cuajó… ¡y de qué manera! Por un lado, los países socialistas que basaban su economía en la planificación central tenían en la inversión la base del crecimiento económico: invertir en electrificación, carreteras, comunicaciones, urbanización, fábricas, puertos y aeropuertos. Muchos creyeron que la superioridad del sistema socialista en relación con el capitalista era, precisamente, el hecho de que el planificador central podía obligar mucho más fácilmente a sus ciudadanos a ahorrar e invertir una mayor parte de su renta.

Por otro lado, la idea de la inversión como motor del desarrollo llegó a Occidente. Y, concretamente, al número 1900 de la Pennsylvania Avenue de Washington. ¡No! No se trata de la Casa Blanca (esa está en el número 1600 de la misma avenida), sino del Banco Mundial, esa institución creada después de la Segunda Guerra Mundial para fomentar el desarrollo del Tercer Mundo. El Banco Mundial se inventó el llamado «método del financing gap», que consiste en lo siguiente: primero se decide la tasa de crecimiento deseado para un país, seguidamente se estima la inversión que se requerirá para conseguir ese crecimiento (aquí está la relación entre inversión y crecimiento) y después se calculan los ahorros disponibles por parte de los residentes; finalmente, la diferencia entre la inversión requerida y los recursos disponibles en el país es el dinero que el Banco Mundial, tiene que financiar. Tan profunda fue la huella que Harrod y Domar dejaron en el Banco Mundial, que todavía hoy se utiliza este método para decidir la magnitud de las ayudas concedidas por esta institución.

Al tiempo que Harrod y Domar hablaban de inversión, una serie de autores liderados por W. W. Rostow propuso una interesante idea que, desde mi punto de vista, no ha recibido suficiente atención en los últimos tiempos: el proceso de desarrollo y crecimiento económico está formado por diferentes «estadios». Rostow propuso diferentes estadios, que preparaban a la economía para invertir en capital físico y conseguir un «despegue» económico. Esa idea concreta es, sin duda, demasiado simple y desacertada. Lo que sí parece razonable es pensar que las políticas e instituciones que una economía pobre debe enfatizar no son las mismas que las de una economía más desarrollada. Lo que funcionaba en España en 1960 no tiene por qué funcionar ahora. Lo que necesita España ahora para ser competitiva y crecer (que seguramente es fomentar la innovación) no es lo que se debía fomentar hace cuarenta años. El concepto interesante que hay que retener de la Teoría de los Estadios de Desarrollo es que las políticas e instituciones «ideales», pues, dependen de cada país y de cada momento del tiempo, y que un mismo patrón no puede ni debe aplicarse a todos y siempre.

La revolución neoclásica que empezó Paul Samuelson acabó llegando a la Teoría del Crecimiento de la mano de Robert Solow y Trevor Swan a mediados de los años cincuenta. Los neoclásicos combinaron eficazmente los legados de la Teoría clásica de Rendimientos Decrecientes, la visión schumpeteriana del progreso científico y la hipótesis de Harrod-Domar del capital físico como motor del desarrollo económico. Los modelos fueron generalizados por David Cass y Tjalling Koopmans, que adoptaron los métodos de optimización dinámica de Frank Ramsey. Los teóricos matemáticos terminaron por adueñarse de esta rama científica y su obsesión por el purismo matemático acabó haciendo de la Teoría del Crecimiento una herramienta elegante… pero poco útil en práctica política y empírica. La rama más importante de la ciencia económica murió justo cuando las expectativas racionales pasaron a dominar las clases de Macroeconomía de todo el planeta.

A mediados de los ochenta, el crecimiento económico renació de la mano de, entre otros, Paul Romer, Robert Lucas, Robert Barro, Philippe Aghion, Michael Kremer o Elhanan Helpman. Se reintrodujo el progreso tecnológico como motor del progreso económico y se estudiaron los mecanismos prácticos para inducir a las empresas a realizar investigación en las áreas que más interesan a la sociedad (como sería, por ejemplo, el desarrollo de una vacuna contra el sida o la malaria en la actualidad). También se habló del capital humano y de la inversión en las personas (en educación y en salud). Se estudió el papel del comercio internacional (o, en terminología popular, la «globalización»), de las instituciones como son la garantía del imperio de la ley, la corrupción, la burocracia, el tamaño del gobierno y las distorsiones que este introduce en la economía, la estabilidad macroeconómica y la inflación, la existencia de mercados negros y economía sumergida, la inseguridad ciudadana, el papel del sistema financiero e incluso el papel de la geografía.

La lección más importante que debemos aprender de estos dos siglos de investigación económica es que no existen fórmulas mágicas. Ninguna de estas teorías es cierta por sí sola. Todas y cada una de ellas tienen sentido y muchas de ellas podrían ser ciertas simultáneamente. Es más, la Teoría de los Estadios del Desarrollo nos dice que unas de estas hipótesis pueden ser ciertas para algunos países en algunos momentos de su historia y otras pueden ser ciertas para otros países u otros momentos. Por ejemplo, el problema del crecimiento económico de la España actual puede ser la escasa inversión en tecnología o la falta de competencia real en algunos sectores. Que eso sea cierto no quiere decir que Zambia tenga los mismos problemas, ya que Zambia se encuentra en otro estadio de desarrollo en el que lo más importante puede ser la educación primaria, la salud pública y el mantenimiento de los derechos de propiedad, la ley y el orden público.

Digo todo esto, aunque pueda parecer obvio, porque la metodología empírica utilizada por los economistas para averiguar la «verdadera fuente del crecimiento económico» se ha basado en construcciones econométricas clásicas consistentes en hacer tests de veracidad. Es decir, en contraponer una teoría (o hipótesis nula) a las demás (hipótesis alternativas), sin dejar la posibilidad de que todas las hipótesis sean ciertas simultáneamente o de que los efectos de una variable sean distintos para países en diferentes estados de desarrollo.

En una de mis más recientes publicaciones (realizada con mis ex-estudiantes de Columbia Gernot Doppelhofer y Ron Miller), desarrollamos una metodología econométrica (llamada «Bayesian Average of Classical Estimates», o BACE) que permite analizar la contribución de muchos factores distintos al crecimiento de las naciones. Lo que intentamos es averiguar todos los elementos que han funcionado en los países que han tenido éxito y todos los que no han funcionado en los países que han fracasado, aceptando el hecho de que el que un factor sea importante no implica que otros no lo sean. No hacemos y no queremos hacer tests de teorías, sino que, de alguna manera, dejamos que la «historia de las naciones» sea nuestra guía.

Volviendo al tema que nos ocupa: ¿qué nos dice la Econometría sobre el subdesarrollo de África? Pues, como era de esperar, nos dice que existen muchos factores determinantes del evidente fracaso económico de casi la totalidad del continente. Destacaré algunos.

Estabilidad y seguridad

Un primer elemento incuestionable, aunque a menudo ignorado por los análisis académicos, es el de las guerras y la violencia. Aunque sea una obviedad, déjenme que les recuerde que la economía no puede funcionar en un país plagado de conflictos bélicos, donde la incertidumbre de la violencia desincentiva la inversión local y donde la posibilidad de que ejecutivos sean
secuestrados ahuyenta la inversión internacional.

Dicho esto, recordemos que, entre 1960 (más o menos el año de la independencia) y hoy, la lista de países africanos involucrados en algún tipo de guerra es, por orden alfabético, la siguiente: Angola, Argelia, Benin, Burkina Faso, Burundi, República Centroafricana, Chad, Costa de Marfil, República del Congo, República Democrática del Congo (antiguo Zaire), Djibouti, Eritrea, Etiopía, Guinea-Bissau, Guinea-Ecuatorial, Liberia, Libia, Madagascar, Mauritania, Marruecos, Mozambique, Namibia, Níger, Nigeria, Rwanda, Sierra Leona, Senegal, Somalia, Sudáfrica, Sudán, Togo, Uganda y Zimbabwe. Es decir, casi todos los países africanos han sufrido conflictos bélicos en los últimos cuarenta años. Algunas de estas guerras fueron cortas, algunas duraron décadas… y otras todavía perduran.

Salud pública

Un segundo elemento distingue a África del resto de los continentes: la salud pública. En las zonas tropicales está resurgiendo la plaga de la malaria (después de décadas en que estuvo a punto de ser erradicada gracias a la utilización de DDT, un insecticida que parecía funcionar pero que pasó a ser el blanco de movimientos ecologistas, hasta que su prohibición se generalizó). Últimamente, el mosquito transmisor, Anófeles gambiae, está desarrollando resistencia a los pesticidas y el protozoo que causa la enfermedad, el plasmodio, está desarrollando resistencia a tratamientos tradicionales, como la quinina. La combinación de estos dos factores hace que los índices de malaria se hayan vuelto a disparar en los últimos años.

A eso hay que sumar la aparición del síndrome de inmunodeficiencia adquirida (el sida), que tiene una gran incidencia en el sur del continente (Botswana, Sudáfrica, Lesotho, Namibia, Swazilandia y Mozambique perecen tener incidencias de cerca del 30% de la población). A diferencia de lo que ocurre en los países ricos, los pacientes africanos no tienden a ser ni homosexuales ni drogadictos, sino heterosexuales (mayoritariamente mujeres) que no utilizan jeringuillas y que transmiten el virus VIH a través del contacto (hetero)sexual.

Las consecuencias económicas de la pandemia del sida y la malaria son incalculables: 14 millones de huérfanos de sida deambulan por África sin la ayuda (económica y moral) que dan los padres; la esperanza de vida vuelve a subir después del progreso experimentado durante el último siglo y eso reduce los incentivos de los ciudadanos a estudiar, a ahorrar y a invertir; las empresas abandonan el continente debido al elevado coste de educar a una mano de obra que no llegará a la edad de 30 años; la sanidad acaba devorando el dinero del erario público y reduciendo la capacidad de invertir en necesarias infraestructuras. La malaria y el sida tienen, en definitiva, efectos económicos negativos que van mucho más allá del simple problema sanitario.

Y aquí es donde debemos darnos cuenta de que los países africanos necesitan la ayuda internacional. En general, yo siempre he sido partidario de la autoayuda como motor del crecimiento económico, ya que ningún país en la historia de la humanidad ha salido de la pobreza solamente a base de la ayuda y la mendicidad. Pero la situación africana actual es muy distinta, porque los africanos no tienen la tecnología biomédica ni el capital humano necesarios para afrontar este grave problema de salud pública. Un país como Mozambique, con una población de 18 millones de habitantes, de los que el 30% pueden estar infectados con el virus que causa el sida, tiene un total de 40 médicos. La industria farmacéutica africana es inexistente. A corto plazo, la falta de capital humano se puede paliar parcialmente con actuaciones como las de Médicos sin Fronteras. A medio plazo, los países ricos deberíamos dar, abrir y facilitar el acceso de jóvenes africanos a nuestras facultades de Medicina. Pero a la larga,  la única solución es el descubrimiento de vacunas o medicinas que curen esas enfermedades.

Parece mentira que los científicos hayan sido incapaces de descubrir una vacuna contra la malaria después de tantos años4. Una explicación es que los científicos son más inútiles de lo que parece. Homer Simpson mostraba su escepticismo por la ciencia cuando, al encontrarse a un profesor, le espetó: «Si sois tan listos y podéis ir a la Luna, ¿por qué no podéis conseguir que no me huelan los zapatos?». Es decir, si lográis inventar cosas tan complicadas como naves espaciales que visitan otras galaxias y envían fotografías a nuestro planeta, ¿cómo es que no podemos solucionar un problema que se transmite con la picadura de un mosquito? Normalmente estoy de acuerdo con el gran Homer, pero en esta ocasión no creo que se trate de incapacidad científica, sino de incentivos económicos. No se ha descubierto una vacuna contra la malaria porque afecta únicamente a países tropicales, países que, con pocas excepciones, son pobres. Al afectar principalmente a países pobres, el negocio que las farmacéuticas pueden esperar de invertir en soluciones al problema de la malaria es diminuto.

El problema del sida es parecido. Aunque empezó en Estados Unidos a principios de los ochenta y a pesar de que pronto se extendió a Europa, el 95% de los infectados por el virus VIH actualmente se encuentra en países subdesarrollados, la mayor parte de ellos en África. En Europa y EEUU se han encontrado maneras de evitar que las víctimas del VIH desarrollen el sida a base de utilizar cócteles de pastillas antirretrovirales. El problema es que el virus VIH muta muy rápidamente y, por lo tanto, requiere un control y un seguimiento médico muy estricto, para asignar el cóctel de pastillas exacto que necesita cada cliente en cada momento. El tratamiento antirretroviral que funciona en Europa o Estados Unidos, pues, no es viable en países donde la escasez de médicos es notable y, en particular, es inviable en África. Un segundo problema derivado de la rápida mutación del virus del sida es que el tipo de virus que actualmente infecta en África no es el mismo que el que se encuentra en los países desarrollados. Eso quiere decir que los ciudadanos africanos podrían no beneficiarse de las potenciales soluciones que se encuentren en el Primer Mundo.

Tenemos, pues, que dos de las pandemias actuales (sida y malaria) afectan principalmente a los países pobres. El problema es que quien está mejor equipado para desarrollar soluciones biomédicas es la industria farmacéutica y esta no lo va ha hacer por sí sola si no ve los beneficios económicos. Tenemos que encontrar, pues, una solución que compagine el interés de la industria con el interés de la sociedad. Un grupo de economistas liderados por Michael Kremer (entre paréntesis, un ex-alumno mío) propuso la creación de un fondo de dinero que se debía utilizar para garantizar a los investigadores que se comprarían miles de millones de vacunas a precio de mercado. Las vacunas serían, consiguientemente, regaladas a los pacientes africanos que no pudieran pagar el precio. De esta manera, se darían los incentivos necesarios para que las empresas dedicaran recursos a la investigación de soluciones biomédicas para la malaria y el sida y, por otro lado, se conseguiría garantizar el acceso a las vacunas por parte de los ciudadanos más pobres del continente africano. Inicialmente la idea se acogió con frialdad, pero pronto Bill Gates puso millones de dólares en el fondo. En 2001, la ONU adoptó (parcialmente) la idea y creó el Global Fund for AIDS, TB and Malaria. Tras un lento despegue, el Fondo ha acumulado ya cerca de 5.000 millones de dólares con la colaboración de algunos gobiernos y, sobre todo, de filántropos privados, entre los que destaca la Bill and Melinda Gates Foundation, a los que últimamente se han sumado personajes significativos, como el cantante de U2, Bono. El fondo de las Naciones Unidas se está utilizando para incentivar la investigación, pero también para generalizar los tratamientos antirretrovirales en amplias zonas del continente. Hace solamente un par de meses, la Malaria Vaccine Initiative (financiada por la Gates Foundation) encontró una vacuna candidata que parece reducir la incidencia de malaria en niños de entre 1 y 4 años.

Inversión

Un tercer problema de las economías africanas es el de la inversión. Los países africanos invierten cerca del 5% de su PIB. Eso contrasta con más del 20% en los países de la OCDE y más del 30% en los países asiáticos que experimentan alto crecimiento. Lo peor del caso es que la mayor parte de la inversión es pública. Y ya se sabe que la inversión pública tiene la nefasta tendencia a ser esencialmente inútil. Un grotesco ejemplo lo tenemos en Nigeria, donde, un buen día, el gobierno decidió crear una empresa pública de acero en Ajaukuta. Se han gastado ya más de 5.000 millones de dólares en inversión pública y han pasado 25 años desde el inicio del proyecto. Amigos de diferentes ministros y presidentes se han enriquecido gracias al desvío de millones de dólares. A día de hoy, la fábrica todavía no ha producido ni un solo gramo de acero.

La inversión privada (local y extranjera) es esencialmente nula, por varias razones. Una es la ya mencionada existencia de inestabilidad política y militar, que genera una incertidumbre que ahuyenta la inversión privada. Otra explicación es que muchos países africanos no tienen un sistema de derechos de propiedad muy claro. Eso hace que sea complicado hacerse con el rendimiento de la propia inversión. Una tercera razón es que los países africanos no están muy abiertos al comercio internacional (a la globalización). Las barreras comerciales de todo tipo (entre las que destacan los elevados aranceles) hacen que los bienes de inversión sean muy caros: un ordenador que en Nueva York cuesta 1.000 dólares puede costar tres veces más en Zimbabwe o Lesotho. Volveré a hablar del tema de la globalización un poco más adelante.

Instituciones públicas

El cuarto gran problema de los países africanos son las malas «instituciones» y la terrible «calidad de sus gobiernos». Las extensas burocracias impiden la creación de negocios y dificultan el normal funcionamiento de las empresas, que son, al final del día, las únicas que acaban creando riqueza7. La ineficacia a la hora de garantizar la ley y el orden (que, desde Adam Smith, los economistas han considerado como fundamentales a la hora de generar progreso económico) limita la capacidad de muchos países de crecer y desarrollarse. La corrupción rampante ahuyenta a las empresas multinacionales y reduce la inversión directa extranjera (FDI). La falta de propiedad privada hace que infinidad de individuos se vean privados de la capacidad de pedir prestado, crear negocios y prosperar. Todas estas instituciones públicas acaban imponiendo barreras al desarrollo y el crecimiento económico de las naciones. La pregunta es: ¿por qué el entorno institucional está tan deteriorado en África?

Una parte de la respuesta es climática y tiene que ver con la herencia colonial. Me explico; en las zonas tropicales (generalmente adversas a la salud del hombre blanco, debido a las enfermedades tropicales, entre las que destaca la malaria), los europeos construyeron instituciones dedicadas a extraer los recursos naturales. La razón es que, cuando los colonos vieron que las avanzadillas militares y eclesiásticas que llegaron a África morían irremediablemente por culpa de los males tropicales, no intentaron construir países donde poder emigrar con sus familias. A esos países fueron, simplemente, a robar la riqueza natural. Eso contrastaba con los países fuera de los trópicos, donde el clima más benigno hacía posible la emigración de los colonos blancos y sus familias. En esos países, los imperios europeos desarrollaron instituciones que garantizaban el imperio de la ley y el orden, instituciones que fueron heredadas por los nuevos países independientes durante los años sesenta. Algunos analistas económicos argumentan que esa herencia colonial es un determinante importante de la calidad institucional africana en la actualidad.

Dejando de lado la hipótesis climática y la herencia colonial, los economistas sabemos poco sobre el origen y la formación de las instituciones que van mejor para el buen funcionamiento de una economía de mercado que fomenta el progreso y el bienestar. Sabemos, por ejemplo, que la existencia de recursos naturales tiende a generar una corrupción que no solo hace desaparecer la riqueza generada por los recursos, sino que reduce la producción de los sectores que más o menos funcionaban antes del descubrimiento del petróleo, los diamantes o el oro9. La corrupción de los gobiernos ha tenido una implicación adicional importante: la ayuda internacional ha sido robada o malgastada. Los miles de millones de dólares que fundaciones privadas o instituciones internacionales han dado para ayudar al desarrollo del continente negro han desaparecido dejando pocos rastros positivos.

Sabemos, también, que muchos países africanos sufrieron las consecuencias de la guerra fría y del intelectualismo de izquierdas imperante en los años sesenta, cuando se decía que la batalla entre el centro y la periferia se saldaba con victoria de los países pobres solo si se apuntaban al marxismo. Recuerdo que muchos de mis profesores en la universidad me explicaban una y otra vez que la planificación socialista era superior al capitalismo para los países pobres (para los países ricos no estaba claro, decían). La consecuencia de todo esto es que numerosos países africanos adoptaron sistemas de planificación central: desde Etiopía hasta Ghana, pasando por Tanzania, Benin o Mozambique, uno tras otro, los países africanos se dejaron deslumbrar por las promesas paradisíacas del socialismo. Y uno tras otro cayeron en las garras de dictadores del proletariado, quienes, en lugar de paraísos, trajeron gulags, persecuciones políticas, falta de libertar y, sobre todo, miseria. Mucha miseria.

Finalmente, a pesar de que hay algunas cosas que entendemos, también hay cosas que no sabemos por qué pasan. Por ejemplo, no acabamos de entender por qué Botswana ha funcionado muy bien, a pesar de haber descubierto diamantes. Por qué el rey Seretse Khama, que volvió del exilio al conseguir Botswana la independencia de Inglaterra en 1966, no quiso quedarse (ni que sus seguidores se quedaran) el dinero de las ventas de los diamantes, y por qué el rey instituyó una democracia civil y un sistema de protección social sin paralelo en África10. A veces, los destinos de un país dependen de maneras extrañas de sus líderes y nunca sabemos por qué algunos líderes se comportan como lo hacen.

Globalización

A diferencia de las asiáticas, las economías africanas están cerradas a las fuerzas (y, por lo tanto, a los beneficios) de la globalización. La globalización económica se podría definir como el libre movimiento de capital, trabajo, tecnología y mercancías. Que la globalización no ha llegado a África es patente: ni el capital extranjero invierte en el continente, ni sus ciudadanos pueden emigrar libremente a los países desarrollados (si emigrar fuera fácil, no arriesgarían sus vidas para cruzar el estrecho en peligrosas pateras), ni las tecnologías que tenemos en los países ricos acceden rápidamente al continente africano. Dicho esto, el problema más grave para los países africanos es la falta de apertura del comercio internacional. Por un lado, los europeos, norteamericanos y japoneses seguimos obsesionados con el proteccionismo agrícola en forma de elevados aranceles que impide que los países pobres tengan acceso a nuestros lucrativos mercados. Y lo que es peor, seguimos obsesionados con las subvenciones obscenas a nuestros agricultores (la Farm Bill americana pasará a la historia como el segundo programa económico más delirante de la historia de la humanidad, siguiendo muy de cerca a la Política Agraria Común Europea). Esos subsidios hacen que nuestros productos agrícolas no solo sean más baratos en Europa, sino también en África. Eso impide que millones de pequeños agricultores africanos tengan acceso a sus propios mercados y son obligados de esta manera a practicar la agricultura de subsistencia.

Si antes he dicho que una de las mejores maneras que los gobiernos de los países ricos tienen de ayudar a África es fomentar la investigación médica, otra manera importante es la erradicación del proteccionismo agrícola.

Una vez reconocida la culpa de los países ricos, los gobiernos africanos también tienen parte de culpa, porque tienden a olvidar una de las lecciones más importantes de la teoría del comercio internacional: «aunque tus vecinos no abran sus mercados a tus productos, a ti no te interesa desagraviarte poniendo barreras comerciales a los suyos». Tirar piedras contra tu propio tejado es irracional y el proteccionismo vengativo es como tirar piedras contra tu propio tejado. Y como hemos visto un poco más arriba, una de las razones por las que la inversión es tan reducida en los países africanos es que el precio de los bienes de capital es exageradamente alto. Entre las razones por las que el precio de los bienes de inversión es elevado están… ¿sorpresa? las barreras arancelarias impuestas por los propios gobiernos africanos para «castigar» a los países ricos por su nefasta política de proteccionismo agrícola.

Educación

Finalmente, uno de los problemas más importantes para el desarrollo de las economías africanas es la educación. Los países de nuestro planeta que más rápidamente progresan (principalmente, los países asiáticos) han hecho esfuerzos monumentales, casi cinematográficos, para educar a su ciudadanía. La educación de la población es uno de los pilares fundamentales del proceso de desarrollo económico.

En estadios de desarrollo avanzados, la calidad de la educación universitaria y profesional es la que determina el éxito de un país. En estadios más primitivos, por otro lado, lo más importante es la educación primaria. Además de tener repercusiones económicas, la educación primaria tiene otro tipo de incidencias sociales. Por ejemplo, la educación de las niñas reduce el número de hijos, mejora la salud de eso hijos y disminuye la mortalidad infantil. Parece mentira, pero muchos de los problemas de salud que aquejan a las familias africanas se pueden prevenir con un poco de educación e información (el tétanos neonatal, por ejemplo, se causa al cortar la madre el cordón umbilical con algún instrumento oxidado; enfermedades estomacales que acaban con la muerte de los niños por deshidratación causada por diarreas se pueden evitar hirviendo el agua o la leche).

En las últimas décadas, el Banco Mundial ha invertido miles de millones en la construcción de escuelas, suministro de libros y materiales y de remuneración para profesores y maestros. La educación en muchos de esos países, sin embargo, no parece mejorar. Una explicación es que el factor más importante en la educación de los niños no es la escuela, ni los libros, ni siquiera los maestros: lo más importante es el tiempo que le dedican los propios niños. En este sentido, en amplias zonas de África no se han superado dos de las barreras que impiden que los muchachos y muchachas puedan ir al colegio. La primera barrera importante es que, en muchos países, los niños deben pagar una matrícula para poder ir a la escuela. A menudo son cantidades que no llegan a los 100 dólares. Esto, para ustedes y para mí no es una cantidad descomunal, pero, en zonas de África donde la renta per cápita es de 300, 500, 1.000 o 2.000 dólares, una matrícula de esa magnitud es prohibitiva para muchas familias (especialmente para las que tienen numerosas criaturas).

La segunda barrera es quizá más importante: muchos niños y niñas no pueden ir al colegio porque necesitan trabajar. Muchas familias pobres no pueden sobrevivir con la fruta que buenamente recolecta la madre o los mejillones que haya podido pescar el padre. Bajo estas funestas (aunque, desgraciadamente, comunes) circunstancias, los ingresos que genera el trabajo de los hijos pasan a ser un factor esencial. Y ¡sí!, todos entienden que, si el niño o la niña van al colegio y aprenden a leer, escribir, sumar y multiplicar y aprenden un oficio, sus posibilidades económicas futuras se van a multiplicar. Pero la familia no puede permitirse prescindir de los ingresos de los menores. Esa es, precisamente, una de las consecuencias de la pobreza.

Es más, recuerden que en África existen ahora 14 millones de huérfanos del SIDA. Niños sin padre y sin madre, cuya situación económica depende única y exclusivamente de su capacidad de ganar dinero. Y lo que es peor, a menudo esos niños tienen hermanos menores a los que tienen que alimentar. No son insólitos grupos de 6 o 7 niños y niñas formando familias cuya cabeza es el hermano de 12 o 14 años. Las necesidades inmediatas eliminan los incentivos que los niños tienen a ir a la escuela y los inducen a buscar trabajo.

Naturalmente, este problema no ocurre solamente en África. Muchos de nuestros abuelos también se vieron obligados a trabajar en el campo o en la industria incipiente a principios del siglo pasado. En la actualidad, millones de niños se ven obligados por las circunstancias a trabajar para sobrevivir en países de Asia y de América Latina. Entendiendo este grave problema, el presidente Ernesto Zedillo, de México, diseñó hace unos años un inteligente programa llamado «Progresa». El objetivo era inducir a los niños más pobres de las regiones de Chiapas, Guerrero y Oaxaca a ir al colegio en lugar de trabajar. Para ello, el presidente Zedillo entendió que la única manera de conseguirlo era dar al niño unos ingresos alternativos, por lo que decidió pagar un salario a los niños que iban al colegio. No era una beca que se daba al empezar el curso. Era un salario: el niño no cobraba si no acudía a clase y su remuneración aumentaba a medida que iba mejorando sus notas y pasando de curso. El programa de Zedillo fue un éxito tan espectacular, que otros países lo empezaron a copiar.

África necesita un programa de esas características, porque es el continente en que menos niños se pueden permitir estudiar. Desafortunadamente, sin embargo, la corrupción y la incompetencia de sus gobiernos han hecho que las arcas públicas no tengan dinero suficiente para financiar este tipo de programas. Es más, los líderes políticos no están por la labor. Es por esto por lo que hace un año, un grupo de personas creamos la Fundació Umbele (www.umbele.org). En suahili, la lengua más hablada del este del continente, umbele significa «futuro». Umbele nació, pues, con el objetivo de ofrecer un futuro a África. La fundación canaliza dinero desde los países ricos (principalmente, Europa y Estados Unidos) hacia los ciudadanos africanos, intentando saltarse las burocracias corruptas de los gobiernos y caciques locales y sin el despilfarro que a menudo tienen las grandes ONG.

La idea es enviar el dinero a través de esa red de personas en las que todos confiamos y que ya están allí, sobre el terreno, dispuestas a sacrificar toda su vida por el bien de los más necesitados: se trata de los misioneros. Al aprovechar la ya existente red de misioneros, la Fundació Umbele no tiene casi gastos de administración (lo que la convierte en una organización bastante más eficiente que otras) y, al enviar el dinero directamente a las cuentas de los misioneros, se salta los potenciales burócratas corruptos.

Los misioneros utilizan el dinero para pagar un salario a los niños más pobres, a cambio de que, en lugar de ir a la fábrica o al campo, vayan a la escuela. A más notas, más salario. Y a medida que el chico o la chica pasa de curso, el salario se engrandece (junto con el coste de oportunidad de ir a la escuela). Resumiendo, la Fundació Umbele intenta reproducir en África, y de manera privada, un programa de educación infantil que funciona con el dinero del gobierno en otras partes del mundo e intenta hacerlo de la manera más eficiente posible. La Fundació Umbele cuenta ya con importantes colaboradores. El Banco SabadellAtlántico ha ofrecido pagar los costos de las transacciones financieras de enviar dinero a las escuelas africanas. Estamos colaborando con el Fútbol Club Barcelona y la Fundació Barça para crear escuelas, primero en Camerún y, quizá más adelante, en el resto del continente. Centenares de colaboradores anónimos nos están ayudando con sus diseños, sus aptitudes informáticas, sus consejos, sus aportaciones económicas y sus ayudas de todo tipo a que no muera la llama de la esperanza.

Desde nuestros hogares, atalayas privilegiadas que nos aíslan de la pobreza más extrema del mundo, no podemos arreglar todos los problemas de África. Ni siquiera podemos solucionar una pequeña parte de ellos. Hemos visto que los problemas son muchos y que su solución depende de lo que hagan los gobiernos de los países ricos, los propios dirigentes africanos y los líderes institucionales, políticos, sociales y empresariales de todo el mundo. Lo que sí podemos hacer es dar un poco de esperanza, un poco de futuro, un poco de umbele a algunas de las personas que más lo necesitan.

Y, hablando de futuro…, no hace mucho estaba en Lesotho intentando explicar a los niños y niñas de una escuela primaria de Mokhotlong que ellos eran el futuro del país, el futuro del continente. Una niña de 12 años que no llevaba uniforme, porque seguramente no lo podía pagar, levantó la mano y, con una sonrisa seductora, me dijo: «Profesor, quizá en su país los niños representen el futuro. En África, somos el presente».

Muchas gracias.

9 Responses to “«Somos el presente» de Xavier Sala-i-Martín”

  1. Santiago Fort Says:

    Quizas esta idea podría ayudar
    Imaginemos la tierra como un gran banco que contiene los certificados de vida de todos sus habitantes. Estando todos de acuerdo en considerar que la “vida tiene valor”, podemos pensar un capital metafórico equivalente al oro, como fuente de riqueza, que circule como moneda de cambio dentro de las redes informáticas.
    A tal fin, La ONU crea el Banco de Vidas y dota de por vida, a todos los ciudadanos, de una cuenta electrónica, de uso limitado, que permite comprar productos y servicios de primera necesidad (alimentación, vivienda, salud, educación). santifort@ono.com
    Texto ampliado: http://patronvida.blogspot.com/

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    • adrianhernandez Says:

      Santiago,

      Muchas gracias por tu comentario. En cuanto a lo que dices me he paseado un poco por tu blog y leído la idea que tienes y la verdad suena muy bonita.

      El problema está en como convencer a los proveedores de los servicios de primera necesidad (alimentación, vivienda, salud, educación) para que reciban un medio de pago electrónico. Creo que el problema del desarrollo desigual de los países no es el dinero Santiago, estas como dice Galeano “confundiendo el cuchillo con el asesino”.

      El dinero funciona como un medio para hacer transacciones y eso lo hace inmejorablemente, con el desarrollo de la tecnología este es en la mayoría de los casos registros digitales más que verdaderos objetos de “valor”. El problema, como también lo habla aquí Xavier, está en el sector real, en la capacidad que tienen unos u otros para producir.

      Así pues que el problema de la pobreza es agudo, pero no se puede resolver creando una nueva moneda, se debe buscar canalizar los recursos que produce nuestro planeta para ayudar a un pueblo que está muriendo, en parte gracias a nosotros.

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  2. Santiago Fort Says:

    Gracias por tu comentario Adrián:
    El dinero electrónico que propongo es tan real como el actual. Se suma al saldo de tu tarjeta. Un saldo diario limitado al coste de los alimentos necesario para sobrevivir. No existe el problema de la aceptación del dinero. es el mismo.
    Mientras el dinero de las ayudas salga de los impuestos siempre será limitado y limitador.
    Si un pobre, y todos, podemos pagar siempre el alimento, no nos moriremos de hambre. Si alguien compra, alguien vende. En principio las desigualdades en este sentido quedarán superadas.
    Las desigualdades en el desarrollo también podrán ser vencidas, ya que se dispondrá del capital necesario para desarrollar, escuelas, hospitales, viviendas y justicia publicas.
    En mi idea hay que cambiar el chip, y darse cuenta que para superar las deficiencias del capitalismo hace falta dar valor a la vida humana como filón de riqueza.
    Todo el resto sigue igual, es decir, tal y como lo ve Xavier, solo que mejorado por esta inyección de dinero desde las bases, saltándo las corruptelas.
    Mi idea se muestra transparente y no se suele entender, es utópica pero posible. Solo hemos de estar de acuerdo en que la vida tiene valor capital. Como diría Morfeo” abre tu mente, yo solo puedo mostrarte el camino”.
    Estoy acabando un libro al respecto y busco editorial.
    santifort@ono.com
    Texto ampliado: http://patronvida.blogspot.com/

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  3. Santiago Fort Says:

    LA JUSTA MEDIDA

    Si preguntamos a cada habitante de la tierra si su vida tiene valor, dirán que si. Somos piezas del gran puzzle. El valor de la vida es universal. Es indiferente que valoremos más a nuestros familiares y amigos en el valor igualitario de la vida. Estar vivo es nuestro valer. Sin vida no valemos nada en lo material, en el mundo real. La vida es la primera condición de la existencia, y por eso tiene valor. Hay que estar vivo para poder generar riqueza.
    La vida es parte de nuestra materialidad, es  tangible, real, palpable, es materia mineral, como el oro. Nuestro cuerpo es materia, sin lugar a duda. Como minerales dotados de vida, también podemos ser valiosos. Podemos ser, materia preciada, mas valiosa que el oro, ya que somos nosotros quienes concedemos el valor.
    Estar vivos nos hace iguales. Es nuestra privada forma de ser, de existir, de valer para nosotros mismos y para los demás. Cada uno de nosotros tenemos valor, somos materia preciosa y también valemos.
    Es un valor que está por descubrir, por desenterrar, por entender, pero está allí. Cuando se considere, porque se entiende, empezaremos a estar de acuerdo. Será un valor capital, sumado al existente. Un valor de la humanidad, para la humanidad, la supervivencia y la sostenibilidad.
    La justa medida del valor de la vida es el coste diario de los alimentos necesario para sobrevivir en cada país (Patrón-vida). La vida tiene el potencial de lo sublime, prestar su valor al dinero, como en su momento lo prestó el oro, y actualmente lo presta el PIB. (dinero fiduciario).

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  4. Santiago Fort Says:

    LA CONVERSIÓN.  

    Teniendo valor la vida, como todos lo entendemos, podemos prestar su valor al dinero. Es decir, prestar el valor de la vida a la moneda electrónica que a su vez presta su valor al billete material. Es lo que se entiende como dinero fiduciario.
    Actualmente, el papel moneda tiene prestado su valor del P.I.B.; si además prestamos el valor de la vida a la moneda electrónica para la supervivencia y la sostenibilidad, convertimos el valor de la vida en dinero válido, que permitirá sobrevivir, condición primera para generar riqueza.
    Este valor prestado al dinero electrónico, se transfiere al vendedor del bien o prestador del servicio automáticamente, por un banco de régimen especial (Banco Vital), creado a tal efecto, por la Organización de la Naciones Unidad y la Alianza de Civilizaciones, que atesorará los “Certificados de Vidas” de todos los habitantes de la tierra, como valor-capital transferible, limitado en su uso de compra de productos y servicios básicos.
    El dinero electrónico de supervivencia, se considera de valor humanitario, en su uso. El hambre es su principal destino. Cada persona tendrá un saldo electrónico para la supervivencia. La salud, la educación, la vivienda, la justicia básica… podrían cubrir las necesidades presupuestarias con este valor. y así poder extender los servicios públicos a todos los paises. Es una riqueza propia de cada país, que puede utilizar para modernizar y desarrollar los servicio públicos del Estado.
    Este dinero electrónico también estaría destinado a luchar contra el cambio climático y paliar las catástrofes con ayuda humanitaria. Sirve para cubrir las prioridades del Sistema Capitalista Global: la Supervivencia y la Sostenibilidad. ¿Es que hay alguien que no lo puede entender?.

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  5. Santiago Fort Says:

    LA COBERTURA.

    Sectores de prioridad.

    – 1º.- Alimentación: El Banco Vital cubrirá el pago electrónico de productos de primera necesidad (pan, frutas, hortalizas, legumbres, pastas, carnes, pescados, huevos, productos lácteos, azúcar, sal…). El saldo para la alimentación estará limitado por persona, a una cantidad diaria suficiente. El Banco Vital transferirá la cantidad del debito, a la cuenta del vendedor o comercio.
    Ejemplo: En un país hipotético, los productos básicos para alimentar a una persona, diariamente, suman una media de 5 €. Esto quiere decir que dispondremos de un saldo diario de 5 €, para alimentación. Este es el patrón de medida por persona.
    Para facilitar la compra, se sumarán los saldos de los 7 días de la semana, para poder hacer una compra limitada de 35 € semanales por persona. El saldo quedará a cero al cumplir las 24 h. del 7º día de la semana, y se podrá contar con el saldo de la nueva semana, y así sucesivamente. El saldo semanal no se acumulará si no se usa. No es la función de este dinero. Esta riqueza es del presente y sirve para cubrir necesidades básicas de subsistencia inmediatas.. Si en una semana compráramos por 45 €, habríamos sobrepasado el saldo semanal en 10 €. Esta cantidad se descontaría del saldo de la siguiente semana, en la que solo podría disponer de 25 € . Es decir, si compráramos productos básicos por valor de 70 €, no dispondríamos de saldo a la semana siguiente. Esto equivaldría, a poder realizar una compra de 70 € cada dos semanas y así evitar aglomeraciones diarias en las colas de los establecimientos de alimentación. Dicho de otro modo, se contará de un margen negativo semanal de 35 €.
    Para facilitar la compra familiar, se considera el conjunto de las cuentas como una única cuenta, con un único saldo. La persona, con la mayoría de edad, adquirirá el control de su saldo. Si lo desea, podrá decidir en todo momento optar entre la modalidad familiar, sumando su saldo diario, al del núcleo familiar, o pasar a tener el limite individual en su cuenta electrónica.
    Los productos básicos serán de libre competencia, y será el consumidor quien se decante por la mejor calidad o el mejor precio. Estos estarán regulados por la ley de la oferta y la demanda y controlados por el Estado, tal y como ocurre actualmente. El saldo diario estará sometido a las subidas anuales del IPC. Será labor del comprador ajustar su compra al limite del saldo. Todos los productos de alimentación básicos que pasen de este margen se pagarán con recursos propios.

    – 2º.- Catástrofes naturales: Los medios humano y materiales para dar respuesta inmediata, estarán cubiertos por el fondo certificado de capital del Banco Vital. El dinero estará transferido electrónicamente por el Banco Vital, que se destinará a costear, las organizaciones de ayuda humanitaria que intervengan, y alimentos, refugios y medicinas de primera necesidad.

    – 3º.- Guerras: los recursos para costear, las fuerzas pacificadoras del la ONU, así como el refugio de la población civil desplazada, alimentación, medicamentos, y personal necesario, estarán a cargo del Banco Vital.

    – 4º.- Salud y Educación: el “Banco de Vidas” transferirá los recursos para el mantenimiento de los servicios sociales, personal hospitalario y docente, construcción de hospitales y escuelas. Los servicios públicos básicos serán gratuitos. La infraestructura, los medicamentos de primera necesidad y libros básicos se podrán pagar a cargo del Banco Vital. Si se adopta este sistema, los derechos a la salud y a la educación, podrían generalizarse en todos los países.

    – 5º.- Vivienda: Los Estados construirán viviendas básicas, de protección oficial, de su propiedad, para personas y familias necesitadas. También se habilitarán espacios comunes. Los recursos necesarios serán transferidos a cada Estado por el “Banco Vital”. Estas viviendas serán de uso gratuito, corresponderá al Estado su mantenimiento y no podrán venderse. Estarán fuera del mercado inmobiliario.

    – 6º.- Justicia: los gastos en infraestructuras y personal de la administración de justicia, así como los abogados de oficio, estarán sufragados por el Banco Vital. Este apartado garantiza la defensa de los derechos humanos universales.

    – 7º.- Contaminación: Es un propósito político llegar a los ” 0º ” de emisiones nocivas para la capa de Ozono, el medioambiente y la salud publica. Es urgente incentivar el desarrollo de las “Energías limpias” y seguras; ayudar a la industria en investigación y en el rápido desarrollo de las tecnologías para la fabricación de maquinaria y vehículos no contaminantes. El dinero de esta vía de crédito, del Banco Vital, para las empresas, se podrá demandar para los fines que se persigue. Será un Incentivo para cubrir los desajustes estructurales de cada sector de mercado durante la transición natural, pacífica, al nuevo paradigma. Este recurso financiero garantiza la estabilidad del sistema.

    – 8º.- Exceso de población: El Banco Vital, destinará recursos económicos, a investigación y desarrollo, de proyectos de crecimiento sostenibles. La industria aéreo-espacial tiene la transcendental misión de llevar al hombre al espacio vital, creando comunidades autosuficientes en planetas habitables.

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    • adrianhernandez Says:

      Santiago,

      Luego de un par de lecturas a lo que expones solo puedo decirte que para el paradigma de la sociedad actual la vida “perse” no tiene valor. El ser humano cumple una función social que es la de producir mediante su capital o trabajo bienes y servicios para la satisfacción de las necesidades. Se puede considerar (por muy duro que sea) que las vidas de aquellos que no entran dentro de esta estructura social tienden a perder cierta importancia, como puede ser el caso de los indigentes, personas con retardo, etc.

      La estructura actual se basa en la capacidad de producir, así pues en medida que tu producción o trabajo sea mayor se supone que mayor será tu remuneración.

      Tan cierto es que la vida no tiene valor en este mundo que hay mas de 1.000 millones de personas que no comen completo mientras se gasta 190 veces más dinero en armas que en la lucha contra la pobreza.

      En un tono un tanto macabro pudiesemos decir que para los gobernantes del mundo es 190 veces más importante asegurar la muerte de algunos que las vidas de otros….

      Sin duda para reflexiónar….

      Un saludo…

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  6. utopiavalorvida Says:

    Si mi idea se difunde, podemos cambiar el paradigma en unos cuanto años, o en unos cuantos siglos. Como afirmánn los neoliberales “El valor es subjetivo”. Nosotros podemos dar valor fiduciario a la vida.

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  7. Joanjo Tomàs Says:

    ley, orden y valores es lo que necesita africa… cuando faltan la economia deja de funcionar como seria deseable … es la condición necesaria.

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