El Fenómeno Mockus

Desde hace unos cuantos días vengo siguiendo bastante de cerca la contienda electoral colombiana. En ella se encuentran liderando las encuestas dos políticos altamente reconocidos. Por un lado Juan Manuel Santos el que fuera ministro de defensa del gobierno de Uribe y por otro lado Antanas Mockus ex alcalde de Bogotá. Cuando uno se detiene a leer un poco sobre los estudios y la experiencia de estos dos personajes rápidamente nos podemos dar cuenta del progreso político colombiano y de por qué Colombia está donde está; un país que hasta hace un par de años era motivo de burla y descalificación por parte de nosotros (los venezolanos) hoy en día da muestras de ser un país es pleno crecimiento, de pujante desarrollo y donde se procura la mejora de la calidad de vida de sus ciudadanos.

 

Ambos candidatos tienen experiencia de sobra para asumir el cargo de presidente, Santos; Economista y Periodista de la Universidad de Kansas con postgrados en Havard y en London School of Economics, ministro de hacienda del gabinete de Andrés Pastrana y de defensa del gobierno de Alvaro Uribe. Mockus; Filósofo y Matemático con Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Paris y Alcalde Mayor de Bogotá en dos ocasiones.

 

Al ver esto como ciudadano venezolano siento un poco de envidia ya que el nivel de esta contienda dista mucho de la que se vive en Venezuela hoy en día, donde se va a las urnas o a favor de un líder carismático con un proyecto político como excusa para mantenerse en el poder o simplemente por su opositor sin importar quien sea.

 

Pero lo más impresionante de la batalla por la presidencia colombiana no es la talla de los contendientes sino lo que he denominado como el “Fenómeno Mockus”. El profesor Antanas arrancó su campaña a la presidencia sin el apoyo de ningún partido tradicional de base y siendo recordado más bien por sus excentricidades (bajarse los pantalones en público, vestirse de súper héroe, mojar a sus contendientes) mientras se enfrentaba al monstruo político de Juan Manuel Santos, el continuista del proyecto de Uribe con el apoyo de base del partido de la U y además perteneciente a la poderosísima familia Santos. Así pues que de entrada esta contienda parecía más que resuelta, pero desde hace un par de meses para acá el Fenómeno Mockus ha irrumpido en la sociedad colombiana de una manera revolucionaria.

 

Con un discurso simple, directo y sincero, sin una ideología política marcada (izquierda o derecha), con una base política de corte ambientalista (Partido Verde) y con el aval de sus dos períodos en la alcaldía de Bogotá donde colaboró a mejorar notablemente la calidad de vida de los ciudadanos el Filósofo y Matemático, catedrático de la Universidad Nacional de Colombia lidera las encuestas de la carrera presidencial colombiana, siendo un fenómeno sin precedentes en la política latinoamericana.

 

Mockus ha irrumpido en el eterno debate entre la “derecha” y la “izquierda” para ir como el bien afirma “Hacia el Frente”, ha roto con la política de estado uribista en contra de la FARC para ofrecer paz y respeto por la vida, ha cambiado la idea de corrupción administrativa por un manejo responsable y ético de los recursos de todos.

 

Mockus está enamorando al pueblo colombiano con un discurso que rompe con todos los paradigmas políticos, por mi parte espero que siga así hasta el 30 de Mayo y que dote a Latinoamérica de un nuevo tipo de esperanza.

Caracas, una guerra sin nombre (EL PAÍS)

He vuelto a mi blog. Luego de un pequeño período de tiempo sin escribir había decidido regresar a la escritura con el tema de la violencia en Venezuela que es sin duda el tema más relevante de nuestra sociedad en la actualidad. Más aún para los residentes de Caracas, cuidad en la que los índices han repuntado enormemente situandose entre las tres cuidades más violentas del mundo con un promedio de 130 homicidios por cada 100.000 para el cierre de 2009.

La intención inicial de esta entrada era publicar un artículo propio pero revisando bibliografía y otras referencias conseguí este reportaje interesantisimo y super completo del diario el PAÍS sobre la violencia caraqueña. Así pues que he decidido publicarlo con la intención de fomentar el conocimiento y el debate.

Como siempre en este blog, estan bienvenidas las críticas…

GERARDO ZAVARCE 18/04/2010

La capital de Venezuela se ha convertido en una de las ciudades más violentas de América Latina. Hasta 127 homicidios anuales por cada 100.000 habitantes. Millones de armas en los barrios. Bandas, venganzas, familias destruidas. Un trágico panorama para el que no es fácil encontrar explicaciones ni respuestas.

Caracas es una ciudad sangrante. De sus edificios brotan ríos de sangre, de sus montañas brotan ríos de sangre, de sus casas brotan ríos de sangre. La sangre fluye por sus calles y avenidas, forma un caudaloso torrente que tiñe de rojo el asfalto y traza un peculiar camino, por donde no sólo los cuerpos, sino la ciudad toda y sus ciudadanos se diluyen y se desdibujan.

“La violencia que se vive en las calles de la ciudad de Caracas fluye por todos los intersticios de su entramado social”, explica Nelson Garrido, fotógrafo venezolano, premio Nacional de Artes Plásticas, que aborda desde hace años la violencia como fenómeno de orden estético y social. “Se trata de una violencia capilar que regularmente pretende ocultarse a través de los pliegues cosmopolitas de una pretendida utopía de ciudad moderna. En Venezuela, particularmente en la ciudad de Caracas, vivimos ahogados por múltiples formas de violencia: violencia política, violencia de género, violencia intrafamiliar, violencia social, violencia económica. Y estas manifestaciones de la violencia rigen y condicionan nuestras vidas. Nosotros como sociedad no podemos seguir apelando a esconder y ocultar esta situación. Su ocultamiento no es sino una forma depurada y cínica que utiliza la propia violencia, sea cual sea y venga de donde venga, para continuar con sus prácticas de aniquilamiento de los modos de convivencia”.

La violencia en América Latina en la actualidad se identifica como un fenómeno esencialmente urbano, asociado a las grandes ciudades. Desde hace aproximadamente dos décadas, en el caso particular de la ciudad de Caracas, la tasa de homicidios comenzó a generar señales de alarma. Y en los últimos diez años su incremento ha resultado notable.

En el año 2008 fueron registrados 14.467 homicidios en toda Venezuela, según el Informe anual sobre la situación de los derechos humanos en Venezuela, publicado por el Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea). Por contraste, en los últimos diez años, la tasa de homicidios en otras ciudades latinoamericanas tradicionalmente asociadas a la violencia -São Paulo, Río de Janeiro, Medellín y Bogotá- ha disminuido considerablemente. Hoy en día la capital de Colombia posee una tasa seis veces inferior a la de Caracas, que pasó de 63 homicidios por 100.000 habitantes en 1998 a 127 en 2008.

“Hace unos años Venezuela no aparecía en los anales de violencia y hoy en día es, junto con El Salvador, uno de los dos países más violentos de América Latina”, señala el director del Observatorio Venezolano de Violencia, Roberto Briceño León. “Más que Colombia y mucho más que Brasil y México, naciones con las cuales solíamos compararnos en estas contabilidades. Caracas es, con creces, la capital más violenta de América Latina”.

A pesar de la contundencia de estas cifras sobre inseguridad y violencia en Venezuela, se trata de proyecciones moderadas y conservadoras. No incluyen los casos etiquetados como resistencia a la autoridad y muertes a determinar. Lo que significa que, en la realidad, las cifras sobre homicidios pueden ser superiores a las que actualmente se muestran, tal como advierte Provea.

Las estadísticas no hacen sino confirmar el estado de excepción permanente que coloca al país y a Caracas -su principal ciudad- bajo la sombra de un sentimiento de inseguridad y miedo generalizado. En septiembre de 2009, el 57% de los venezolanos consideraba la inseguridad como el principal problema del país, por encima de la escalada inflacionaria, la diatriba política, el desempleo y la escasez de vivienda.

Pero, más allá de las cifras, los estudios y las estadísticas comparativas, estos números representan una tragedia colectiva. Así lo expresó Roberto Briceño León: “Una gran tragedia para la sociedad, para las familias. Porque si en el año 2009 nosotros hablamos de 16.000 homicidios, bajo las cifras más conservadoras, entonces son 16.000 familias en el país enlutadas. Además, hay más de 180.000 personas que han sido heridas, que no han muerto, pero igualmente padecen y son víctimas de la violencia. Entonces yo no tengo duda en calificar esto como una gran tragedia, un drama que vive la sociedad venezolana”.

Carlos Rojas tenía 19 años y era mototaxista. Vivía con su madre en un sector conocido como La Dolorita de Petare, que forma parte de la extensión de barrios (así se conoce en Venezuela a las favelas) más grande de Caracas y la segunda de América Latina, con más de un millón de habitantes. Era un “chamo sano”, un muchacho que no se metía en líos ni andaba por la mala vida. El 27 de septiembre de 2008, un malandro (delincuente) lo asesinó a tiros, en hora punta y enfrente de un módulo policial. Según parece, el asesino estaba celoso porque Carlos tenía una cliente fija con la que presumía que flirteaba. Por eso lo mató. Carlos tenía un hijo, y su novia, Karen, de 18 años, estaba embarazada del segundo cuando Carlos fue asesinado.

El caso, por el hecho de que Carlos fuera un muchacho “sano” y por haberse producido el asesinato frente al módulo policial, causó una pequeña revuelta en el barrio. Los vecinos quemaron el módulo policial y, en varios días de protestas, exigieron que compareciera el ministro. Finalmente acudió un portavoz oficial, que prometió más seguridad.

Pero eso no devolvió su hijo a Teresa Osorio, de 48 años. “Sólo me queda un hijo”, explicaba días después del asesinato. “Yo ya tengo dos hijos muertos. Hace 14 años me mataron a mi hijo mayor, me lo mataron para robarle unos zapatos. No creo en la justicia, pero estoy haciendo lo posible para que ese tipo pague. Porque con mi hijo mayor no se hizo justicia. Detuvieron al asesino, pero al poco tiempo salió por falta de pruebas. Eso se olvida, eso es pura política, eso no sirve. Olvídate. Es horrible vivir lo mismo. Lo mismo o peor, porque ni sé por qué lo mataron. Tener dos hijos muertos es fuerte. Pero aquí hay mucha gente que tiene dos y tres hijos muertos”.

La trama de la violencia desdibuja todas aquellas visiones que hacen de la sociedad venezolana un paisaje bucólico de postal turística, una tierra de gracia y de riquezas petrolíferas. La tragedia venezolana puede consistir en haber creído a ciegas durante muchos años que nunca hubo tragedia.

“No podemos hablar de causas de la violencia. Hay que hablar de circunstancias, de factores, de tendencias que confluyen, que se juntan y que permiten comprender un fenómeno determinado”. Así se expresa Alejandro Moreno, sacerdote salesiano, quien dirige el Centro de Investigaciones Populares (CIP), equipo de trabajo que se ha dedicado a estudiar en los últimos años al delincuente violento de origen popular a través de la interpretación y análisis de sus vidas.

Para Moreno, interpretar la violencia que acontece en los sectores populares representa una forma de estudiar la realidad que se erige a su alrededor y que constituye su propia experiencia: “Yo vivo la violencia cotidianamente, a mí me han pasado tiros por la frente quemándome el pelo. Por una casualidad, hoy te lo puedo contar. Bueno, yo creo en Dios, de manera que estoy vivo no sólo por una casualidad. La violencia es lo que yo vivo cotidianamente, he visto morir a más de cincuenta muchachos en el barrio donde resido. Yo estudio la violencia que vivo cotidianamente”.

Señala que ni la pobreza ni las condiciones de vida de los sectores populares son explicaciones de la aparición de la violencia delincuencial. Para él, ésta es una creencia anclada en gran parte de la opinión pública y debe ser desmitificada. “Quienes creyendo que para condenar radicalmente la pobreza es eficaz relacionarla con la violencia, a quien condenan en realidad es al pobre”, dice. “La pobreza tiene que ser condenada y eliminada, pero por otras razones más reales, profundas y sólidas, no sólo por miedo”.

Las que sí considera circunstancias fundamentales para explicar los niveles de violencia que vive la sociedad venezolana son, por una parte, la abundancia de armas en la calle y la facilidad para adquirirlas y, por otra, la debilidad del Estado para ejercer el control y el orden de las cosas. “No habrá salida a esta situación”, dice, “si se mantiene el orden actual de las cosas. Habrá solamente paliativos. La violencia será un flagelo que irá aumentando y poniendo en riesgo la vida de los ciudadanos. Quiero decir que esta situación va a crecer si no cambian las circunstancias en las cuales nos encontramos. No me refiero a la pobreza, sino a la presencia de armas en la calle, a la disolución y al debilitamiento de las instituciones del Estado, al abandono de las comunidades a sí mismas, al sometimiento de las comunidades a la acción de cualquier forma de violencia”.

La presencia y proliferación de armas de fuego es un factor directamente relacionado al número de homicidios que ocurren en el país. Entre 1999 y 2006, el 86% de los homicidios registrados en la ciudad de Caracas se produjeron con armas de fuego. Según cifras que maneja la Comisión de Seguridad y Defensa de la Asamblea Nacional, en Venezuela (unos 27 millones de habitantes) hay actualmente 12 millones de armas, entre legales e ilegales, en manos de los civiles.

Para Ibrahim, educador y promotor comunitario de una barriada popular caraqueña, las armas son un elemento vital para el delincuente. “La élite del malandro necesita y requiere las armas”, explica. “Su poder depende de las armas y de los negocios ilícitos. El malandro a través de las armas consigue defenderse, atacar y mantener el poder en el barrio. En el barrio todos saben de armas. Para tener un arma, lo que hay que tener es dinero o voluntad para tenerlo. Andar en la jugada del malandreo o conocer la jugada. El malandro ejerce el poder en el barrio. Es el dueño del barrio”.

Lo confirma el testimonio de Héctor Blanco recogido por la investigadora Mirla Pérez, del Centro de Investigaciones Populares: “Todo empezó porque también me sometían. Yo veía a las personas así, a los malandros, que los respetaban. A todos los respetaban. A mí esos chamitos me querían estar sometiendo, y me cansé. Me compré una pistola. A partir de ahí, me dieron una cachetada y le di cuatro tiros al chamo. Y a raíz de eso empecé a cometer bastantes homicidios”. El equipo del Centro de Investigaciones Populares concluye: “Esa facilidad para conseguir un arma mortal es componente fundamental de la nueva forma de violencia de los más jóvenes. Un adolescente descontrolado con un arma es una máquina de matar”.

En los últimos diez años, Venezuela ha contado con más de diez ministros del Poder Popular para las Relaciones del Interior y Justicia (ministerio encargado de la seguridad ciudadana). Los cambios de ministros regularmente implican sustituciones en los mandos medios y en el tren de directores.

La acción del Estado se ha caracterizado por la implementación de operativos coyunturales que, por su naturaleza, no mantienen una continuidad en el tiempo y resultan acciones de bajo impacto ante la proporción de la situación de la seguridad ciudadana, según Provea.

El propio presidente de la República, Hugo Chávez, manifestó durante la presentación anual de la memoria y cuenta 2009, ante la Asamblea Nacional, que los avances en el combate del crimen y la violencia han sido “modestos” y no dudó en destacar que la naturaleza del problema era de orden político: “Se ha convertido el crimen, la inseguridad, la violencia en uno de los más grandes enemigos de la Revolución Bolivariana, y no tengo dudas de que ese crimen y muchas de esas bandas criminales son preparadas, financiadas y apoyadas por la burguesía contrarrevolucionaria y nuestros enemigos internacionales, el imperio yanqui y sus lacayos”. Paralelamente, Chávez anunció la puesta en marcha del Plan Integral de Prevención y Seguridad Ciudadana, orientado a estructurar una política de largo alcance que permita atender la seguridad ciudadana a través de siete ámbitos distintos de acción.

No obstante, estas nuevas acciones emprendidas por el Estado venezolano, que aparecen en escena después de muchos ensayos fallidos, pero que apuntan y se enmarcan en un claro esfuerzo por generar una transformación profunda e integral del aparato policial, judicial y penitenciario, no logran convencer plenamente a muchos especialistas. Roberto Briceño León mantiene una perspectiva crítica frente a las políticas oficiales en materia de seguridad. Señala que se han caracterizado por una ambigüedad en el mensaje y una discontinuidad en su implementación. “El incremento de la violencia en Venezuela”, dice, “tiene que ver con la crisis institucional, el quiebro del tejido social. Consideramos que este es un quiebro que se ha dado fundamentalmente por la propia actuación del Gobierno. El Gobierno dice que el origen del delito es la pobreza. Pero también señala que ha disminuido la pobreza en el país. Entonces, la consecuencia lógica sería una disminución de los homicidios, y no ha sido así, sino todo lo contrario”.

Sin embargo, apunta que la evidencia histórica y las experiencias comparadas indican que esta situación no es irreversible. “Hay razones para dejar de ser escéptico cuando hay voluntad política, una respuesta firme y clara, una decisión de fortalecer la norma y fortalecer a la sociedad, una voluntad de cooperar entre todos los actores de la sociedad y darle continuidad a las políticas públicas con independencia de las ideologías políticas”, sostiene. “Esto lo encontramos en Bogotá. Durante más de una década existió una voluntad de controlar la violencia y mejorar las condiciones de la ciudad; allí se generó continuidad, y el acuerdo de la sociedad fue unánime. ¿Son Bogotá y Medellín un paraíso? No, siguen teniendo una tasa muy alta de homicidios. Pero ellos lograron controlarla”.

Las imágenes de la violencia en Caracas testimonian su tragedia. A diferencia de las cifras, éstas no pretenden demostrar nada, tienen la virtud de mostrar. Representan fragmentos de la memoria transitando por su habitual batalla contra el olvido. Logran contener en un instante las fuerzas silentes del dolor, la rabia y el sufrimiento que produce la acción violenta. Nos dicen que hay rostros detrás de cada una de las cifras que dan cuenta de la violencia interpersonal.

Las imágenes que acompañan este reportaje, captadas por la lente de la fotógrafa Lurdes R. Basolí en su paso por Caracas, nos muestran las expresiones y sentimientos de esa humanidad prisionera por las fuerzas irracionales de la violencia con todas sus trágicas connotaciones. Pretenden expresar lo inexpresable, allí radica su dignidad y sensibilidad.

Estas imágenes muestran los rostros escépticos de una ciudadanía desmembrada por la autopsia de su cuerpo social inerte, que yace herido sobre el suelo víctima de la injusticia y la impunidad.

“Todos vamos a morir de tanto silencio”, gritaba Mauro en la morgue de Caracas, desgarrado por la pérdida de uno de sus sobrinos a manos del hampa. Claro está, el peor flagelo de la violencia es el silencio y el olvido, así como sus correlatos la injusticia y la impunidad.

Para las autoridades gubernamentales, sin embargo, parte del problema es la amplia cobertura y divulgación de las cifras e historias de la violencia en los medios de comunicación nacionales e internacionales. En mayo de 2009, el entonces viceministro del Poder Popular para Relaciones Interiores y Justicia, Tarek El Aissami (actual ministro de esa cartera), declaró a la Agencia Bolivariana de Noticias: “Aunque estamos reduciendo el índice de criminalidad y, con ello, el número de delitos, los medios, de forma irresponsable, han colocado en la opinión pública una sensación de que estamos prácticamente a la suerte del hampa y la delincuencia”.

Una sensación de inseguridad que se alimenta de cifras que no pueden ser verificadas, de alambradas de púas, rejas, alarmas, carros blindados, horarios restringidos, garitas de vigilancia, plazas vacías, más rejas, más historias, más cifras, más muertes. Caracas es una ciudad archipiélago, discontinua. Una ciudad fracturada por duros y vertiginosos contrastes; una ciudad segmentada por límites imaginarios que secuestran la experiencia de su paisaje.

Caracas vive una guerra en la cual todos pierden. Nadie gana. Nadie gana nada en una guerra que consume cada año miles de víctimas. Caracas vive una guerra que no tiene nombre. Se trata de una guerra silente que muchas veces no se puede ver porque el encierro, producto del temor, permite a sus habitantes quedarse ciegos de tanto mirar en la oscuridad.

La ‘dolce vita’ de los herederos de Mandela

En el siguiente link aparece un reportaje del diario español EL PAIS donde explican la situación social de los jovenes en Sudáfrica y su relación con el sistema de gobierno, donde como bien dice el artículo el “bling-bling” y las conexiones políticas son altamente codiciadas en esta sociedad.  Un país con altas desigualdades donde lo más importante es el lujo y la ostentación, donde el fin último de todos los jovenes es parecerse a un personaje de la farandula o la televisión.

Cualquier relación o similitud de este artículo con la realidad latinoamericana es mera coincidencia. 

Espero que lo disfruten…

http://www.elpais.com/articulo/internacional/dolce/vita/herederos/Mandela/elpepiint/20100324elpepiint_9/Tes

Venezuela Necesita Cambiar de Rumbo

A continuación les presento un documento que se hizo público hace unos cuantos días sobre la situación económica venezolana. Está firmado por un grupo importante de economistas de distintos ámbitos (académicos, políticos, técnicos), en este se expresa de una forma bastante clara y hasta a veces cruda el escenario económico nacional y el deterioro que ha mostrado el aparato productivo del país en estos últimos 10 años.

Espero que lo disfruten, mejor dicho, que les sea de provecho (ya que es un tanto dificil disfrutar con este escenario)

Como siempre son bienvenida las críticas

El camino actual conduce al fracaso económico, la pobreza y la pérdida de libertades

Venezuela se encuentra inmersa en una crisis profunda, económica, social y política, que en 2009 se manifestó a través de la concurrencia de un cuadro de recesión económica, con una caída de 2,9 por ciento del producto que tiende a profundizarse en 2010; alta y persistente inflación; disminución sostenida de la producción petrolera y mayor dependencia de los precios del petróleo; creciente desempleo y subempleo; pérdida de poder adquisitivo de los salarios; colapso de las empresas básicas de Guayana; cierre de más de 40 por ciento de las empresas manufactureras privadas que existían en 1998, y pérdida de espacios de libertad asociados al desmembramiento de las instituciones democráticas fundamentales.

A esta situación económica se agrega el rápido deterioro del sistema eléctrico nacional, la falta de producción de gas para los sectores público y privado, decadencia de la salud social a pesar de haber sido prioridad de inversión y gasto público, inseguridad desbordada asociada a crimen organizado y narcotráfico, y una larga serie de arbitrariedades políticas y económicas como consecuencia de la carencia de independencia de los poderes públicos para servir a la sociedad. También están presentes los escándalos de corrupción y fraude puestos de manifiesto con la quiebra e intervención de un grupo de bancos y otras instituciones financieras vinculados a altos funcionarios del régimen. Finalmente, las más recientes medidas adoptadas por el gobierno, entre ellas, la devaluación del bolívar decretada el viernes 8 de enero de 2010 y nuevas reducciones de reservas internacionales por US$ 7.000 millones que agravan aún más la ya evidente debilidad del bolívar. En suma, estos problemas, entre otros, muestran un camino de graves errores de concepción, administración y políticas por parte del gobierno del presidente Hugo Chávez que conducen a la nación al fracaso.

La crisis y el deterioro socioeconómico del país

La crisis actual de Venezuela tiene su origen en el rumbo trazado por el Presidente, el intento de imponer sin base constitucional un sistema socialista similar al socialismo real o marxista-leninista del siglo pasado, basado en un esquema rentista exacerbado, aumentando la dependencia del petróleo, al tiempo que se ha ejecutado una política sistemática de reducción, expropiación o destrucción del aparato productivo privado. En la raíz de la crisis se conjugan dos elementos interrelacionados. Un ciclo particularmente intenso de auge de precios del petróleo (2003-2008) con posterior caída seguida de una recuperación significativa; y un cambio institucional regresivo, claramente antidemocrático, orientado a la imposición gradual un nuevo régimen de propiedad pública sobre los medios de producción hegemonizado por el Estado y los altos funcionarios del Ejecutivo Nacional.

Durante el gran auge, los precios del petróleo tuvieron un alza espectacular hasta alcanzar su máximo nivel en 2008. En ese año, el valor de las exportaciones petroleras venezolanas fue siete veces mayor que las exportaciones de 1998, al aumentar de US$12.178 millones en 1998 a US$ 89.128 millones en 2008, según cifras oficiales. El incremento de los ingresos externos permitió estimular el crecimiento económico durante 2003-2008, a través de una política fiscal fuertemente expansiva y el financiamiento monetario del gasto parafiscal. La combinación de impulsos exagerados de demanda con restricciones de la producción interna, originadas en un sinnúmero de controles y regulaciones a las empresas privadas, en el marco de una grave afectación a los derechos de propiedad, han limitado el crecimiento del producto potencial, generando la inflación más alta de América Latina y de las economías emergentes del mundo. La consecuencia fue un crecimiento económico de baja calidad, sin diversificación productiva.

Para contener las presiones inflacionarias, el gobierno implementó desde el año 2003, repitiendo errores del pasado, un distorsionante control de cambio, de precio de bienes y servicios, y un tipo de cambio fijo y único como ancla nominal para intentar controlar la inflación, con los vicios y errores ya conocidos de experiencias previas. No obstante ello la inflación se elevó provocando una intensa sobrevaluación del bolívar respecto al dólar, lo que estimuló una expansión desmedida de las importaciones y una pérdida de competitividad del sector productivo exportador; esta situación ha debilitado sensiblemente la capacidad productiva interna y restringido la creación de empleos productivos y a partir de 2008 ya se observa una disminución de las remuneraciones reales.

Al respecto hay que añadir que las exportaciones no petroleras disminuyeron sensiblemente en 2009 a US$ 3.326 millones, una cifra cercana a la mitad del monto alcanzado en 2006. La fuga de capitales ha continuado a través de la compra en bolívares de bonos gubernamentales denominados en dólares y es notable la baja inversión privada para aumentar la producción nacional. La alta inflación desde 2008, por su parte, comenzó a incidir significativamente en el deterioro del poder adquisitivo del salario real.

A pesar del elevado gasto público de los últimos años, la inversión real en áreas importantes para el desarrollo de largo plazo, como construcción y mantenimiento de infraestructura pública, ha sido muy baja, lo cual se comprueba en la falta de nuevos acueductos para el suministro agua a las grandes ciudades, las deplorables condiciones de la red vial nacional y la grave crisis eléctrica actual, por falta de inversión oportuna. PDVSA se ha transformado en un apéndice político del Gobierno Central. Su nómina de trabajadores se ha duplicado con creces en cinco años y, al mismo tiempo ha sufrido un franco deterioro importante en la calidad de su capital humano. La empresa petrolera estatal ha adquirido atribuciones ajenas y variadas, con actividades que se han extendido hasta sectores tan disímiles como la agricultura y la comercialización de alimentos. Su pérdida de eficacia y productividad ha sido considerable, con menor transparencia, signos de amplia corrupción, creciente endeudamiento y problemas de caja recurrentes que inciden en mora prolongada en cuentas por pagar y paralización de servicios de mantenimiento.

Venezuela, a pesar de contar con reservas de hidrocarburos muy elevadas, ha entrado en una fase declinante como productor de petróleo. El sector de empresas básicas de Guayana, al cual se incorporó Sidor con su estatización en 2008, se encuentra muy cercano al colapso, con repercusiones en todo el entramado económico nacional. El caso de Sidor es emblemático. Una empresa que generaba ganancias, grandes volúmenes de exportación de productos de acero, con un alto nivel de empleo, un año y medio después de la estatización arroja pérdidas, retrasos en programas de mantenimiento, parcialmente paralizada, con el futuro de sus trabajadores comprometido y abriendo el mercado nacional para la importación de rubros básicos de acero, por la insuficiencia de la producción nacional.

Sustitución del Estado democrático por un Estado autoritario

El otro componente central de la crisis está representado por la pretensión de imponer un modelo político-institucional que eleva la intervención del gobierno en todas las esferas de la sociedad, una versión que a pesar de la presunta novedad, promete a aproximarse al socialismo marxista-leninista que imperó en la extinta Unión Soviética y que aún perdura en fase crítica en Cuba. Particularmente, en el culto al jefe supremo, como única referencia del proceso político, con la consecuente pérdida de contrabalance democrático entre los poderes públicos.

Con la finalidad de concentrar mayor poder económico y político en el Estado, el gobierno ha procedido a realizar numerosas expropiaciones y confiscaciones de empresas del sector agrícola, agroindustrial, industriales y construcción, y últimamente en el sector comercial. La expansión del Estado y de sus atribuciones ha sido muy pronunciada. Se han afectado los derechos de propiedad, reducido la acción de las organizaciones económicas privadas y deteriorado el funcionamiento de los mercados, conformándose un arreglo institucional que propicia una elevada ineficiencia en el uso de los factores productivos. Hoy se erige un Estado hipertrofiado, abarrotado de ministerios y empresas públicas de toda índole, sin controles de gestión, que absorben recursos fiscales en forma creciente, manejados sin transparencia ni rendición de cuenta, lo que ha sido y es fuente de generalizado clientelismo y corrupción.

En el ámbito político han desaparecido rasgos centrales que caracterizan la moderna democracia participativa como la separación de poderes y han surgido crecientes obstáculos contra la garantía constitucional de pluralidad. Se ha debilitado deliberadamente el proceso de descentralización que tanto favoreció la calidad del gobierno regional y se han concentrado las atribuciones del Estado en el gobierno central, contrariando el espíritu y la letra de la Constitución vigente. Si se juzga por la evidencia de los últimos años, el “socialismo del siglo XXI” es una ruta al estatismo autoritario, con una conducción errática e improvisada, y un manifiesto componente de corrupción. De consolidarse este rumbo económico y político, se afectaría en forma profundamente negativa el futuro de la sociedad venezolana, además de desconocer abiertamente la Constitución Nacional.

Las medidas económicas de 2010

En el inicio de 2010, la respuesta del gobierno ante la contracción económica y las presiones inflacionarias simultaneas de la economía, ha consistido en algunas medidas económicas puntuales de carácter fiscalista, destacando la devaluación del tipo de cambio nominal a 4,30 Bs./US$, el establecimiento de un régimen cambiario múltiple con una tasa de cambio preferencial adicional de 2,60 Bs./US$, con amplios espacios de ambigüedad e indefinición, propicios para la discrecionalidad y corrupción. Igualmente se anunció el traspaso de US$ 7.000 millones de las reservas internacionales del BCV al Fonden, para ser utilizados como recursos parafiscales a discreción por la Presidencia de la República, tanto en gasto interno de diversa naturaleza, como en la ayuda financiera con gobiernos extranjeros afines y en la compra de costosos sistemas de armamento.

Varios elementos explican el viraje brusco de la política cambiaria. El tipo de cambio nominal de Bs. 2,15 por dólar fue imposible de sostener por la reducción de los ingresos petroleros, debido a la abrupta declinación de las exportaciones, por caída de los precios. Como es sabido, una devaluación importante del tipo de cambio nominal puede proporcionar un aumento significativo de ingresos fiscales, que ahora son dispuestos por el Ejecutivo con exclusivo arbitrio. Las elecciones parlamentarias de este año permiten suponer que tales ingresos serán utilizados considerablemente en gasto electoral y respaldo de las aspiraciones políticas de la elite en el poder.

Como numerosos analistas y agentes económicos lo han advertido, la política aplicada a partir de 2005, con fuerte expansión fiscal y monetaria e intento de controlar la inflación a través del tipo de cambio nominal fijo, condujo a la apreciación real del tipo de cambio. La inflación interna fue elevada a pesar del acelerado incremento de las importaciones y de los controles de precios. Con una inflación externa muy baja y un tipo de cambio nominal fijo de Bs 2,15 por dólar, el tipo de cambio real se apreció en forma significativa, haciendo que los productos importados resultaran más baratos que los domésticos.

El gobierno ha manifestado que la devaluación del tipo de cambio nominal está orientada a la búsqueda de competitividad en los mercados externos de los bienes producidos en el país, así como a la industrialización sustitutiva de importaciones. Este argumento carece de sustentación veraz, pues la devaluación del tipo de cambio nominal por sí misma no mejora la competitividad de los sectores productores de bienes transables no petroleros. El efecto positivo de la devaluación depende del conjunto de políticas gubernamentales que se instrumenten y de la evolución que tenga el tipo de cambio real en el tiempo, pero no de una devaluación puntual en un ambiente de alta inflación interna.

Estas medidas de índole fiscal sin búsqueda de estabilidad macroeconómica, acompañadas de las nuevas expropiaciones arbitrarias por orden presidencial, el retraso sistemático de Cadivi en entregar divisas a tipo de cambio oficial, el racionamiento del suministro eléctrico, son incompatibles con la idea de mejorar la competitividad de los bienes transables no petroleros, cuando además persisten las fuertes presiones inflacionarias. Con la devaluación de la moneda se causa un efecto inicial restrictivo desde el lado de la oferta, sometida por el efecto adverso de diversos controles. Si esto, como es previsible, se combina con una política fiscal y monetaria altamente expansiva y una elevación generalizada de los costos externos por la devaluación, el resultado final será una mayor escalada inflacionaria y el reinicio de un nuevo proceso de apreciación real de la moneda, sin lograr sustituir importaciones ni estimular exportaciones, planteándose la necesidad de una nueva devaluación, según la tendencia en menos de 24 meses, aunque la decisión política se postergue. En abstracción de la crisis eléctrica, el resultado probable de la devaluación del bolívar hubiese sido la prórroga de la estanflación. Al considerar la restricción eléctrica y la mayor incertidumbre jurídica puede esperarse una más profunda recesión en 2010, mientras el resto de América Latina se recupera rápidamente de la crisis iniciada 2008.

Se observa con alarma la posibilidad de que el gobierno nacional, agobiado ante la realidad de un deterioro económico prolongado bajo sus políticas, en vez de rectificar, pueda proceder a modificar el sistema de cuentas nacionales del país, el cual ha seguido las pautas de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales desde hace 60 años para garantizar la armonía, comparaciones con otras naciones y adecuada medición de todas las actividades económicas y gasto gubernamental (incluyendo la incidencia del 5 gasto social). Es de advertir que ya el gobierno ha propiciado la revisión de mediciones de producto interno bruto (PIB) al alza, a través de modificaciones en las estadísticas sobre el sector petrolero y gubernamental, provistas por sus ministerios al Banco Central de Venezuela; esto afecta negativamente la credibilidad en el sistema estadístico nacional, que debe estar distante de las conveniencias del gobernante de turno.

Es necesario cambiar de rumbo

La crisis que afecta a Venezuela no es transitoria, ni coyuntural, ni superable sólo con el alza de los precios del petróleo. La capacidad productiva del país, petrolera y no petrolera, pública y privada, está seriamente deteriorada y el Estado severamente desautorizado por la ineficiencia y la corrupción en un contexto de problemas sociales que se tornan cada vez más críticos. El país requiere iniciar ya una amplia rectificación para la reconstrucción socioeconómica, lo cual demanda el establecimiento de un nuevo rumbo. No obstante, hay pocas señales que indiquen que el gobierno nacional esté dispuesto a asumir la responsabilidad de los errores cometidos y transitar un camino alejado del socialismo rentista que se intenta imponer. Se trata de una gran responsabilidad política y moral ante la evidencia que millones de habitantes padecen por los errores gubernamentales, y, sin embargo, se insiste en un camino determinado por convicciones autoritarias fuera de época y un cálculo político sectario.

El nuevo rumbo debería estar orientado al crecimiento económico sostenido, con baja inflación, diversificación productiva y protección del medio ambiente. Estas condiciones económicas aumentarían la efectividad de una política social y de generación de empleos, centrada en la inclusión de sectores sociales hasta ahora excluidos de la economía productiva. Al igual que las economías más exitosas del mundo, desde India y Brasil hasta China y Perú, se debe buscar un mejor funcionamiento de los mercados, el respeto a los derechos de propiedad, el acceso a la educación de calidad y la necesaria participación del Estado con instituciones reguladoras, estabilizadoras y de seguridad social.

Dado el carácter petrolero de la economía venezolana es muy importante establecer reglas fiscales efectivas para proteger el ritmo de actividad económica de la volatilidad de los precios del petróleo, tanto al alza como a la baja. Iniciar cambios en la estructura productiva, que nos alejen de la especialización extrema en petróleo a la que se nos ha conducido, requiere de política industrial, agrícola, minera, tecnológica en un ambiente de baja inflación. Debemos aprender de los errores del pasado. La idea que la disponibilidad de crédito de entes financieros estatales con tasas de interés preferenciales fomenta nuevas iniciativas productivas, a pesar de prevalecer un ambiente de serias distorsiones económicas, constituye un errado sesgo en el uso de los recursos petroleros, que más bien estimula actividades especulativas y fraudes a la Nación. De ahí la importancia de bajar la inflación y alcanzar un régimen de tipo de cambio único estable, con libre convertibilidad, tal como existe en la absoluta mayoría de las economías emergentes del mundo.

En el caso venezolano se trata de aglutinar la base petrolera nacional con un plan de diversificación de la estructura económica de mediano y largo plazo, y auspiciar el incremento de la productividad laboral en las empresas públicas y privada. Es una tarea difícil y compleja pero no imposible. En pocos años los resultados positivos de un plan bien ejecutado pueden hacer sentir los extensos beneficios de la rectificación de fondo y ser la base de un gran despegue económico de largo plazo para el país.

En el amplio esfuerzo del cambio de rumbo que se debe iniciar en el presente es indispensable avocarse a la recuperación de una verdadera institucionalidad democrática, con poderes públicos genuinamente en función del interés nacional. Este esfuerzo debe ser acompañado de un franco debate público de ideas sobre cómo se puede rectificar en materia económica, petrolera y social. Ello permitiría lograr definiciones sobre las características centrales de un nuevo rumbo orientado hacia el desarrollo económico con bienestar y equidad social, las cuales serán fundamentales para cuando los venezolanos decidan en los procesos electorales correspondientes que ya basta de insistir en un esquema ideológico comprobadamente ruinoso que ha exacerbado lo peor del rentismo petrolero. De asumir esta responsabilidad depende el futuro de Venezuela.

Caracas, 2 de marzo 2010

Suscrito por 18 economistas:

HUMBERTO GARCIA LARRALDE
ORLANDO OCHOA
JOSE GUERRA
LUIS CARLOS PALACIOS
HECTOR MALAVE MATA
HECTOR SILVA MICHELENA
TEODORO PETKOFF
SARY LEVY
PEDRO PALMA
FRANCISCO FARACO
JOSE MANUEL PUENTE
GUSTAVO ROJAS
RONALD BALZA
CARLOS RAFAEL SILVA
LUIS BELTRÁN PETROSSINI
ISAAC MENCIA
JESUS CASIQUE
ALCIDES VILLALBA

Venezuela en cifras

Me han enviado un correo con una serie de datos bastante interesantes sobre el deterioro de la situación del país en los últimos 11 años. A partir de ella me he tomado la tarea de organizar, validar y agregar información relevante a esta lista que sin duda pone a pensar a cualquiera.

Esta son las cifras:

·         La inflación acumulada durante los 11 años de Chávez  es de 733%.

·         El bolívar “fuerte” ha perdido 55% de su poder adquisitivo.

·         Con el 25,1% de inflación acumulada en el año 2009, Venezuela ocupa el primer lugar de inflación del continente y el segundo del mundo, detrás de Zimbawue.

·        La Canasta Alimentaria para el mes de noviembre se ubicó en 1.921,41 Bs F (CENDAS),  lo que representa el doble del salario mínimo.

·         La Canasta Básica para octubre alcanzó a 4.246,13 Bs. F. lo que cuadriplica el monto del salario mínimo para la fecha (959 Bs F).

·         El PIB se contrajo en 2,9% en el 2009.

·         Nueve millones de venezolanos están en situación de pobreza (CENDAS).

·         Según DATOS el ingreso real de los estratos D y E refleja una caída de 14% y 13% para finales del 2009.

·          El 80% de nuestras exportaciones petroleras van a USA.

·          De cada 100 dólares que entran al país, 94 provienen de las exportaciones petroleras.

·          Según registro de la OPEP, la producción venezolana de crudo sólo alcanza a 2.207.000 barriles diarios.

·         PDVSA para el 2002 tenía 45mil empleados y ahora tiene 100 mil.

·         En 1998 la deuda pública (incluyendo la de PDVSA) era de 32.484 millones de dólares, en el año 2009 nuestra deuda asciende a 95.000 millones de dólares.

·         Desde el 2005 al 2010 se han traspasado al FONDEN 38 mil millones de dólares de reservas internacionales.

·         La administración de Chávez ha devaluado 598,96% la moneda en sus 11 años de gestión.

·       Se han perdido en la última década dos millones de empleos productivos y han cerrado más de cuatro mil empresas (cerca del 40% del sector privado).

·         El sector privado exporta solamente 3 mil millones de dólares anuales.

·         El gobierno ha gastado un billón de dólares durante once años.

·         Ha gastado cerca de 12 mil millones de dólares, estatizando empresas.

·         Ha regalado más de 60 mil millones de dólares a otros países.

·         Y es poseedor de 731 medios de comunicación.

·         Cuando llegó Chávez existían 900 mil trabajadores en la administración pública, hoy laboran 2.3 millones.

·         Y ocupan cargos más de 2.200 militares.

·         En 2008 la recién estatizada SIDOR tuvo perdidas netas por 54 millones de dólares.

·         El gobierno nacional ha intervenido más de 600 fincas (2.5 millones de hectáreas).

·         Y el 98% del financiamiento para el sector agrícola lo hace el sector privado.

·         Venezuela importaba el 1% de su consumo de carne y ahora importa el 59% de las 3000 reses que nos comemos diariamente.

·          El gobierno ha gastado más de 8 mil millones de dólares en compras de armamentos.

·          El número de homicidios para 1998 fue de 4.500 y en 2009 llegó a 19.400 personas.

·          La violencia  deja unos 300 muertos durantes los fines de semana en el país.

·          En los últimos 11 años se han generado más de 150 mil asesinatos.

·          Y en el 2008 se produjeron 5 mil secuestros express.

·          El 97% de los delitos cometidos en el país quedan impunes.

·          En las cárceles del país hay 12 mil camas y existen 32.500 presos.

·          En Venezuela el 70% de los jóvenes no se gradúan de bachiller

·          Y existen fuera del sistema educativo 4 millones de niños.

·          Se cree que el país puede sufrir un colapso del suministro de energía eléctrica en los próximos meses.

·        Y como todo anda sobre ruedas el presidente decide celebrar el día del amor y la amistad con una caimanera de béisbol en el Fuerte Tiuna con grandeligas venezolanos, jugadores retirados y personalidades políticas.

“Miraflores te presento a Carmelitas” de Angel García Banchs

Interesante artículo extraído de la sección de opinión del diario “EL UNIVERSAL” Escrito por el economista Angel García Banchs. Banchs es un economista que sigo desde hace un tiempo y tiene una trayectoria bien interesante, es egresado de la UCV, con un PhD en la Univesidad de Siena, Italia. Profesor e investigador del Centro de Estudios del Desarrollo (CENDES) y de la postgrado de la UCV, además de ser profesor visitante en New School University, New York, USA.  Investigador en diversas áreas de la macroeconomía y columnista del “UNIVERSAL”.

En cuanto al artículo, este refleja de manera bien concisa como los niveles de intervención que está teniendo el gobierno  sobre el mercado paralelo de divisas son insostenibles en el tiempo. Me atrevería a decir que “estos pocos meses” de los que habla serán justamente hasta las elecciones con la intención de represar temporalmente el efecto inflacionario producido por la devaluación.

Sin mas que agregar los dejo con el artículo, como siempre son bienvenida las opiniones…

Basta sólo con observar la evolución del ratio de reservas en divisas sobre importaciones (las divisas usualmente representan la parte fundamental de las reservas internacionales) para darse cuenta que las recientes colocaciones de bonos cambiarios en dólares del BCV no podrán durar más de unos pocos meses. Dicho ratio ha caído de 12 meses de cobertura en 2004 a un poco más de 5 para finales de 2009. Peor aún, el mismo no toma en cuenta otras salidas como las fugas de capitales, las cuales han crecido sustancialmente en los últimos años.

Miraflores parece no entender lo que pasa en Carmelitas (la trágica caída de dicho ratio) y, por ello, sin medir las consecuencias (la merma de las reservas), ordena la inmediata reducción del tipo de cambio paralelo como si en Venezuela se estuviese viviendo un proceso de deflación de precios, en vez de uno de inflación.

La estrategia de reducir el tipo de cambio paralelo (a un poco por encima de 4.30 BsF/$) para contener la inflación sería sostenible solamente si en verdad los empresarios estuviesen en la capacidad de bajar los precios (cayendo así la circulación de bolívares). Pero, los precios de los bienes y servicios no pueden bajar, debido a la creciente incertidumbre política, jurídica y económica que ahuyenta la inversión, así como debido a la galopante inflación de costos asociada a la devaluación (componente importado) y al incremento persistente de los salarios a un ritmo superior al de la productividad (componente nacional).

A pesar de que este año caerá nuevamente el PIB real, con un 40% de inflación estimada la economía demandará un aumento equivalente de la cantidad de dinero en circulación. E inyectar este año un 40% más de bolívares será fácil, puesto que antes de las elecciones el Fisco gastará la renta fabricada con la devaluación, validando el alza de los precios.

Será, entonces, cuestión de tiempo para que la mayor cantidad de bolívares en circulación ejerza presión sobre las reservas en divisas del BCV. En ese momento, II-semestre, probablemente entiendan que la devaluación, aunque disminuye la demanda de dólares, no necesariamente aumenta su oferta, razón por la cual la quema de las reservas del BCV a un tipo de cambio paralelo inferior al de equilibrio (la colocación de bonos cambiarios) tendrá que ser sustituida por el endeudamiento a largo plazo con títulos de la República y de Pdvsa a un tipo de cambio mucho mayor. La deuda venezolana en ese caso disminuiría de precio a nivel internacional, debido al endeudamiento post devaluación y a factores exógenos fuera de nuestro control; por ejemplo, debido a una (no poco probable) recaída de la economía mundial (un aumento global de la preferencia por la liquidez).

Que en el I-semestre disminuya el tipo de cambio paralelo por las intervenciones del BCV, una menor actividad, y el pago del ISLR, implicará que éste subirá con más fuerza en el II-semestre cuando se acerquen las elecciones, aumenten los salarios y la actividad. En fin, Miraflores te presento a Carmelitas, quien en pocos meses te dirá: “más divisas, no; no puedo quemar más”.

Debate abierto: ¿Dios Existe?

Después de un buen tiempo sin escribir en mi blog debido una multiplicidad de razones (tiempo, fiestas decembrinas, trabajo, problemas con el computador, etc.) he decido comenzar el año escribiendo un breve artículo o mejor dicho el preámbulo para un debate abierto sobre un tema, un tema álgido, incomodo, duro, difícil de abordar pero que sin duda inquieta a todos y cada uno de los seres humanos, estoy hablando del debate sobre la “Existencia de Dios”

Y es que con sólo abrir un debate de esto estaríamos dándole una posibilidad de no existencia a ese ser supremo que los distintos tipos de religiones proclaman y esto supone algo realmente inquietante para la mayoría de los que son considerados practicantes de alguna religión, básicamente por el hecho de que la tradición judeo-cristiana-islámica dan a Dios como dado, es decir, no se discute ni se habla de su existencia porque simplemente siempre ha estado ahí; Dios es un ser eterno, omnipotente, omnisciente, justo y misericordioso.

Es por ello que me gustaría apartar de este debate (en la medida de lo posible) el concepto de Religión al concepto de Dios, aún mas, me gustaría poder separar la creencia religiosa como base de la demostración de la existencia de Dios, para así poder dar paso a un debate basado en el conocimiento en lugar de la fe.

Así pues que la mesa está servida, ¿Crees en Dios? ¿Cómo demostrarías su existencia?

Carl Sagan

“No puedes convencer a un creyente de nada porque sus creencias no están basadas en evidencias, están basadas en una enraizada necesidad de creer”

Carl Sagan, Un Punto Azul Pálido: Una Visión del Futuro Humano en el Espacio.

 

Capitalismo: ¿fin de una ilusión?

marx_v[1]Interesante artículo extraído de la página de la BBC Mundo (edición latinoamericana) donde se muesta en pocas palabras las dos caras de la moneda de los sistemas económicos, el vaivén entre ambos, lo que muchos suelen llamar “teoría del péndulo”.

Espero que les guste, como siempre son bienvenidas las críticas…

Marcelo Justo

BBC Mundo

Con la caída del Muro de Berlín en 1989 se habló del “fin de la historia”, vieja ilusión humana que quedó hecha trizas con los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos.

Ahora una encuesta global de la BBC derrumba otro de los pilares de aquel momento de supremo optimismo, cuando el derrumbe del comunismo se equiparó con la apertura de un futuro luminoso para la humanidad.

La consulta a más de 29 mil personas en 27 países pone de manifiesto un fuerte rechazo al vencedor de la Guerra Fría: el capitalismo.

Sólo un 11% de los encuestados cree que el sistema está funcionando.

La gran mayoría piensa que se necesita una profunda reforma del capitalismo para que sirva como sistema económico-social.

La crítica es tal que hubo una fuerte división entre los que valoran positivamente el fin de la Unión Soviética y los que piensan que fue un hecho negativo.

El fin de la historia

El resultado es más impactante aún si se lo compara con el discurso dominante luego de la caída del Muro de Berlín. El historiador estadounidense Francis Fukuyama encarnó mejor que nadie aquel optimismo irrepetible.

En un artículo de investigación publicado en The National Interest, Fukuyama argumentó que, con la derrota del comunismo, la historia había llegado a su fin porque el ser humano había encontrado dos pilares permanentes sobre los que montar una sociedad: en el aspecto económico, el libre mercado, y en el político, la democracia parlamentaria.

De una manera u otra, las sociedades debían llegar allí: el ser humano no tenía que buscar más allá de esta fórmula. La historia, por supuesto, continuó y hasta se podría especular que aceleró su movimiento.

De hecho, en poco más de una década, con los atentados del 11 de septiembre en 2001, la misma caída del muro resultaba irrelevante respecto a la nueva realidad global.

Los participantes de la encuesta de la BBC demuelen la otra premisa de la tesis de Fukuyama: el libre mercado no es la vía de la felicidad social.

El capitalismo “real”

Este desencanto tiene curiosos parlalelos con lo ocurrido con el marxismo.

En el siglo XIX, el socialismo y el comunismo se propusieron expresar el descontento de los sectores más postergados del capitalismo ante la miseria y la extrema desigualdad de la época.

El problema fue que la praxis concreta del comunismo en el siglo XX llevó a una dramática divergencia entre el optimismo de las consignas (el “paraíso de los trabajadores”) y la realidad cotidiana de sociedades sometidas a gobiernos represivos y pesadillas burocráticas.

Esta diferencia llevó a los comentaristas de la época a distinguir entre un “socialismo real” y otro “ideal” que sólo existía en el universo platónico de los manuales de texto y las consignas.

Una diferencia similar se puede plantear actualmente entre el “capitalismo real” y el “ideal” que se difunde por un complejo proceso mediático y visual.

El paraíso del consumo feliz que impregna el discurso social tiene poco que ver con la percepción cotidiana de las mayorías.

La crisis económica mundial ha contribuido decisivamente a poner al desnudo esta discrepancia.

Link:

http://www.bbc.co.uk/mundo/internacional/2009/11/091109_muro_capitalismo_mj.shtml

«Somos el presente» de Xavier Sala-i-Martín


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Se que ando en una ola de leer y publicar discursos pero es que ultimamente estos me han impactado gratamente. Ahora es el turno de uno de mis economistas y escritores preferidos, Xavier Sala-i-Martín en su discuso de aceptación del Premio Rey Juan Carlos de Economía, en Diciembre de 2004. XSM dentro de su agradecimiento por el premio hace una descripción excelsa de dos de las principales preguntas que se hace la ciencia económica;  ¿por qué son pobres? y ¿qué tienen que hacer para dejar de serlo? y habla especificamente del caso de África.

El discurso pese a lo largo y tendido no tiene pérdida, en un derroche de conocimiento con un increible final.

Espero que les guste…

Majestad, Amigas, amigos, señoras y señores:

Primavera de 1894. Todo el público londinense se encuentra en estado de conmoción porque Sherlock Holmes acaba de demostrar que el honorable Coronel Moran, héroe de la guerra de la India, es un peligroso miembro de la banda del profesor Moriarty y es también el asesino de Lord Adair. El Coronel trajo de la India un rifle innovador que funciona con aire comprimido, con el que disparó a Adair sin que nadie oyera el estallido. Esa innovación engaña a los investigadores de Scotland Yard, pero no al mejor detective de todos los tiempos, sabio conocedor de las últimas tecnologías armamentísticas. Solucionado el caso, un doctor Watson sorprendido se pregunta por qué hay gente buena y gente mala. Sherlock Holmes le responde: «Hay árboles, mi querido Watson, que después de crecer normalmente hasta cierta altura, de repente comienzan a desarrollar las formas más extravagantes, aunque son las mismas formas que tienen los árboles de los que descienden. Lo mismo puede verse entre los seres humanos: durante su desarrollo, el hombre representa a toda la larga serie de sus antepasados y toda inclinación súbita hacia el bien o hacia el mal debe atribuirse a alguna poderosa influencia recibida de sus antecesores. El individuo viene a ser, por decirlo así, el compendio de la historia de su propio linaje».

Coincido con el gran detective de Baker Street y, al ser yo mismo el compendio de la historia de mi propio linaje, no soy yo, sino mi familia, quien merece el Premio Juan Carlos I de Economía, y es en nombre de mi familia y el mío propio en el que agradezco a su Majestad, a los miembros del jurado y a la Fundación Celma Prieto su concesión. Permítanme, pues, que dirija unas palabras a mis familiares en nuestra lengua propia, el catalán:

Us agraixo, per sobre de tot, a vosaltres, pare i mare, per tot el què m’heu donat a través dels anys. Sense la vostra llavor, la vostra educació, el vostre sacrifici, el vostre exemple i, sobre tot, el vostre amor, jo no hagués pogut fer res de tot això.

Gràcies, també, als meus germans Olga, Montse i Emili i les seves parelles i famílies per tot el suport rebut al llarg de la vida. Tinc un deute especial amb la Cristina Illa, una companya fantàstica que va treballar molt per a que jo pugués estudiar i que em va donar el que més estimo al món: la Úrsula.

Finalment, gràcies a tu, Úrsula, perquè éts qui més has sofert les meves llargues hores de treball a l’oficina i els meus inacabables viatges per tot el món que han fet que tantes i tantes nits no pogués estar amb tu quan, abans d’anar a dormir em venies a fer un petò i em deies allò que, encara avui m’agrada tant: «Daddy, can you tuck me in?».

Abans d’acabar aquests agraïments familiars, m’agradaria dedicar aquest premi a dues persones que ja no estan entre nosaltres, però que sé que estarien molt contentes de poder estar avui aquí: el Ramón Oriol Martín Montemayor, el meu cosí favorit des que va néixer i l’oncle Joan Martín Pujol, responsable màxim de que jo seguís estudiant quan ho havia de fer i de que jo acabés sent l’economista que sóc.

Gràcies a tots. Gràcies, de tot cor.

Es un honor para mí formar parte de esa lista de ilustres economistas que han ganado el Premio Juan Carlos I antes que yo: Luis Ángel Rojo, Julio Segura, Miguel Mancera, Gabriel Tortella, Salvador Barberà, Enrique Fuentes Quintana, Guillermo Calvo y Juan Velarde. ¡Sí! Ya lo sé. Me he dejado a Andreu Mas-Colell. Pero lo he dejado expresamente porque Andreu merece una mención especial. No solo porque es el mejor economista estatal del último siglo, a cuyo lado los demás parecemos enanos, sino porque a Andreu me une una especial amistad. Es más, si bien es cierto, como apuntaba Sherlock Holmes, que todo individuo representa «el compendio de su propio linaje», no es menos cierto que también representa «el compendio de todos los maestros que ha tenido a lo largo de su vida». En este sentido, pues, Andreu también tiene una parte de responsabilidad en este premio, ya que fue y sigue siendo uno de mis maestros y guías espirituales. ¡Gràcies, doncs, mestre Andreu!

Se podría decir que mi carrera empezó cuando, con 17 años, acabé el bachillerato y, con la extraordinaria visión de futuro que me caracteriza, decidí estudiar una carrera en la cual yo sabía que podía sobresalir y estudiarla en una de las mejores facultades de Europa, la Autònoma de Barcelona. Se podría decir…, pero sería mentira. De visión de futuro, nada. Fue todo un puro churro. Para empezar, yo no tenía ni idea de qué era eso de la Economía, porque estudié COU. Y como todo el mundo sabe, aquello era de todo menos «orientación» universitaria (siempre creí que la «o» de COU la habían puesto los ministros simplemente para demostrar que los gobiernos también tienen sentido del humor). Al no saber qué hacer, pregunté a mis padres quién era el miembro de mi familia que más dinero ganaba y qué había estudiado. La respuesta resultó ser mi tío Joan, quien había estudiado Económicas. Y esa es la carrera que escogí.

Lo de ir a la Autònoma de Bellaterra fue un azar geográfico, ya que, como recordarán ustedes, en aquella época los estudiantes éramos asignados a cada universidad por el Ministerio y el único criterio era el lugar de residencia.

En cualquier caso, la fortuna me sonrió y esas decisiones acabaron siendo extraordinariamente positivas e importantes para modelar mi futuro profesional. En la Autònoma de los años ochenta empezaban a converger muchos de los profesores que regresaban de haber estudiado en el extranjero y que, por lo tanto, entendían las fronteras del conocimiento y la investigación económica moderna. Intelectuales como Joan Martínez Alier, Xavier Calsamiglia, Josep Oliu (en una reencarnación que existió antes de dedicarse al negocio bancario en Sabadell) o Joaquim Silvestre, mi primer profesor de Microeconomía… y seguramente el mejor profesor que he tenido en mi vida. Joaquim tuvo una gran influencia sobre mí, no solo por la brillantez de sus lecciones, sino porque me despertó la curiosidad por la investigación económica y porque fue él quien me indujo a ir a estudiar el doctorado a Estados Unidos. Un buen día, Joaquim me vino a ver y me dijo: «Has de marxar a estudiar als Estats Units». Y así fue como, después de pasar un par de veranos haciendo de instructor de esquí náutico en Delaware para estudiar inglés —porque también fui víctima de aquel absurdo sistema educativo que creía que el francés (me refiero al lenguaje) servía para algo más que para alargar las ceremonias olímpicas—, me dirigí a la Universidad de Harvard, financiado por La Caixa, ¡a estudiar Microeconomía con el profesor Andreu Mas-Colell!

Acabado el primer curso del doctorado, el profesor Jeffrey Sachs me contrató para ir a trabajar a Bolivia, y allí mi dirección cambió de forma radical. La gran hiperinflación del 25.000% reducía la renta de unos ciudadanos de por sí extremadamente pobres. Por primera vez en mi vida vi pobreza y miseria de verdad. Allí me di cuenta de que el trabajo de los economistas tenía que ir mucho más allá de la elegancia de los modelos matemáticos y tenía que ayudar a toda aquella gente a salir de la terrible situación en la que vivía.

De vuelta a Harvard, pues, no me dediqué, como había previsto, a la Economía Matemática, sino que me especialicé en Economía Internacional y Macroeconomía con profesores como Jeffrey Sachs, Paul Krugman, Greg Mankiw, Rudy Dornbush y Stan Fischer. No cursé Economía del Desarrollo porque, en aquella época, ese campo estaba en manos de planificadores marxistas y gozaba de nula reputación académica. Tampoco estudié Crecimiento Económico porque la obsesión matemática de los años sesenta lo había matado y nadie se dedicaba a esa rama de la ciencia. Pero era 1986 y todo eso estaba a punto de cambiar. Efectivamente, un estudiante llamado Paul Romer acababa de publicar su Increasing Returns and Long-Run Growth y con él empezaba el renacimiento del crecimiento y desarrollo económico como área de investigación respetable. En medio de todo esto, Robert Barro llegó a Harvard y otra vez la diosa Fortuna se puso de mi lado, al ser yo nombrado su profesor ayudante. Digo diosa Fortuna porque, al no haber estudiado anteriormente Crecimiento Económico y al tener que dar clases de esa asignatura, decidí escribir unos apuntes para mi uso particular. Un buen día, Olivier Blanchard vio esos apuntes y me pidió que se los dejara para sus estudiantes del MIT. Los apuntes empezaron a circular y a circular por todo el mundo, hasta que llegaron a España de la mano de Antoni Bosch y se convirtieron en un libro, que se llamó (¡qué original!) Apuntes de Crecimiento Económico. Los apuntes sirvieron para que mis estudiantes aprendieran la asignatura, pero, sobre todo, me sirvieron a mí para hacer un mapa de toda esa rama del conocimiento. El mapa me permitió ver lo que se sabía y lo que no se sabía del tema de Crecimiento Económico y eso me condujo a escribir artículos para tapar todos los agujeros intelectuales que se veían. De allí salieron muchos artículos de investigación en colaboración con, entre otros, Robert Barro y Casey Mulligan, y un compendio de Economía del Crecimiento que Barro y yo publicamos en 1994 con el nombre de (otra vez, ¡qué original!) Economic Growth.

Al acabar el doctorado en Harvard me fui a dar clases a la competencia, Yale, hasta que un buen día me vino a ver Bob Mundell, profesor de la Universidad de Columbia y padre de la Teoría de la Moneda Única que sirvió para crear nuestro euro, y me dijo: «A man who wears fuchsia jackets can only live in New York City». Miré por la ventana de mi oficina de Yale y vi un bucólico paisaje con césped, árboles y vacas. Y me horroricé. Acepté la oferta de Columbia y al cabo de pocas semanas me mudaba a la gran ciudad, donde ahora tengo el lujo de ser colega del propio Mundell y, entre otros, de Rich Clarida, Ned Phelps, Michael Woodford y mi antiguo mentor, Jeffrey Sachs. En Columbia comparto la clase de Macroeconomía de primero de doctorado con una de las personas más inteligentes del mundo, a pesar de que es mi antítesis intelectual, Joseph Stiglitz. ¿Qué más puedo pedir? Bien… podría pedir… ¡formar parte de una de las mejores facultades de Economía de Europa! Pues también tengo esa suerte, porque, desde el año 1994, soy profesor visitante de la Universitat Pompeu Fabra en Barcelona. Allí cuento con numerosos grandes colegas y me he reecontrado con Jordi Galí, Andreu Mas-Colell, Xavier Calsamiglia y Joaquim Silvestre, además de muchos nuevos colegas de gran talla.

Una vez repasada mi carrera, me dicen los organizadores que debo explicarles un poco las razones por las que se me ha concedido el premio. La nota de prensa del sitio web del Banco de España dice que el premio era por mis estudios sobre el crecimiento económico y el desarrollo, la pobreza y la desigualdad, la productividad y la competitividad, el capital humano, la inversión, las finanzas públicas, la seguridad social y la economía monetaria.

Como no tengo espacio para hablarles de todo esto, me referiré solamente a las que considero son las dos preguntas más importantes que podemos hacernos los economistas en la actualidad. Digo que son las más importantes porque de su correcta respuesta depende el bienestar de centenares de millones de ciudadanos. Las preguntas son: ¿por qué son pobres los ciudadanos africanos? y ¿qué se debe hacer para que dejen de serlo?

Hace doscientos años, el mejor indicador de si una persona era rica o pobre era su clase social. Durante milenios, en todos los países hubo una clase dominante minoritaria y una gran mayoría de personas que vivían básicamente en una miseria que solamente les permitía subsistir. El ciudadano medio del Egipto de los faraones o la Roma imperial (esos ciudadanos medios eran esclavos o agricultores) no vivía peor ni mejor que los ciudadanos medios de la Europa medieval (los siervos de la gleba), los granjeros de la América colonial o los campesinos chinos durante la dinastía Ming: todos vivían, o malvivían o sobrevivían con lo justo. Todos eran, esencialmente, pobres.

Hoy las cosas han cambiado radicalmente, porque el bienestar de los ciudadanos no depende tanto de su clase social, sino del país en el que viven: un taxista, un médico, un obrero o un agricultor en Estados Unidos o en Japón vive mucho mejor que un ciudadano con exactamente la misma profesión en Zambia o Mozambique. A pesar de que muchos analistas han argumentado que la globalización hace que las fronteras ya no importen, yo diría que importan más que nunca. Para entender, pues, por qué unos ciudadanos son pobres y otros ricos, debemos entender por qué unos países son ricos y otros pobres. En palabras de Adam Smith, la pregunta es «¿cuáles son las causas de la Riqueza de las Naciones?».

Las mejores mentes económicas de los últimos siglos han intentado responder a esa pregunta. El propio Adam Smith explicó en 1776 que la clave era la existencia de un marco institucional que garantizara el libre comercio, que permitía explotar las enormes ganancias de productividad que generaba la especialización y la división del trabajo. Los grandes científicos del siglo XVIII y XIX, entre los que destacaron Thomas Malthus y David Ricardo, pensaron que la necesidad de utilizar recursos naturales, como la tierra, hacía inevitable el fenómeno de los rendimientos decrecientes y que la prosperidad tenía sus límites naturales.

A principios del siglo XX, Joseph Schumpeter, observando el progreso de algunos países europeos y norteamericanos, fundamentó el crecimiento económico en el progreso científico y tecnológico. Schumpeter escribía más o menos al tiempo que sir Arthur Conan Doyle narraba las historias de Sherlock Holmes y, como he subrayado al principio, la idea principal del «Misterio de la casa vacía» era que la innovación que suponía la aparición de la escopeta de aire comprimido debía permitir al Coronel Moran asesinar a Lord Aldair sin que nadie escuchara el disparo desde la Casa Vacía. Además del aire comprimido, estaban apareciendo innumerables inventos en todos los ámbitos: el telégrafo, el gramófono, la electricidad, la automoción, la Coca-Cola, la cadena de montaje, la aviación, la radio, el teléfono, el cine, los cucuruchos de vainilla, la teoría de la relatividad, la televisión, el yoyó, el helicóptero, el radar, la producción industrial masiva o… ¡el bikini de dos piezas! Schumpeter nos dejó un dramático y lúcido análisis del progreso tecnológico, en el que las empresas intentaban robarse cuota de mercado las unas a las otras no a través de bajar precios, sino a través de la innovación, en lo que famosamente catalogó como «creación destructiva». Las sociedades que progresaban se dotaban de un sistema legal que garantizaba esa propiedad intelectual, que incentivaba económicamente a investigar y descubrir nuevos productos y mejores procesos productivos. Las ideas de Schumpeter están hoy, en 2004, más vivas que nunca y debemos entenderlas si queremos progresar en el tema de la creación de vacunas contra las pandemias de sida y malaria, de las que hablaré después.

Con la Gran Depresión llegó el interés por la inversión en capital físico e infraestructuras, de la mano de Roy Harrod y Evsey Domar. La idea consistía en que la clave del progreso era, como nos decían nuestras abuelitas, el ahorro y la inversión. El gasto en inversión debía generar crecimiento económico. La idea cuajó… ¡y de qué manera! Por un lado, los países socialistas que basaban su economía en la planificación central tenían en la inversión la base del crecimiento económico: invertir en electrificación, carreteras, comunicaciones, urbanización, fábricas, puertos y aeropuertos. Muchos creyeron que la superioridad del sistema socialista en relación con el capitalista era, precisamente, el hecho de que el planificador central podía obligar mucho más fácilmente a sus ciudadanos a ahorrar e invertir una mayor parte de su renta.

Por otro lado, la idea de la inversión como motor del desarrollo llegó a Occidente. Y, concretamente, al número 1900 de la Pennsylvania Avenue de Washington. ¡No! No se trata de la Casa Blanca (esa está en el número 1600 de la misma avenida), sino del Banco Mundial, esa institución creada después de la Segunda Guerra Mundial para fomentar el desarrollo del Tercer Mundo. El Banco Mundial se inventó el llamado «método del financing gap», que consiste en lo siguiente: primero se decide la tasa de crecimiento deseado para un país, seguidamente se estima la inversión que se requerirá para conseguir ese crecimiento (aquí está la relación entre inversión y crecimiento) y después se calculan los ahorros disponibles por parte de los residentes; finalmente, la diferencia entre la inversión requerida y los recursos disponibles en el país es el dinero que el Banco Mundial, tiene que financiar. Tan profunda fue la huella que Harrod y Domar dejaron en el Banco Mundial, que todavía hoy se utiliza este método para decidir la magnitud de las ayudas concedidas por esta institución.

Al tiempo que Harrod y Domar hablaban de inversión, una serie de autores liderados por W. W. Rostow propuso una interesante idea que, desde mi punto de vista, no ha recibido suficiente atención en los últimos tiempos: el proceso de desarrollo y crecimiento económico está formado por diferentes «estadios». Rostow propuso diferentes estadios, que preparaban a la economía para invertir en capital físico y conseguir un «despegue» económico. Esa idea concreta es, sin duda, demasiado simple y desacertada. Lo que sí parece razonable es pensar que las políticas e instituciones que una economía pobre debe enfatizar no son las mismas que las de una economía más desarrollada. Lo que funcionaba en España en 1960 no tiene por qué funcionar ahora. Lo que necesita España ahora para ser competitiva y crecer (que seguramente es fomentar la innovación) no es lo que se debía fomentar hace cuarenta años. El concepto interesante que hay que retener de la Teoría de los Estadios de Desarrollo es que las políticas e instituciones «ideales», pues, dependen de cada país y de cada momento del tiempo, y que un mismo patrón no puede ni debe aplicarse a todos y siempre.

La revolución neoclásica que empezó Paul Samuelson acabó llegando a la Teoría del Crecimiento de la mano de Robert Solow y Trevor Swan a mediados de los años cincuenta. Los neoclásicos combinaron eficazmente los legados de la Teoría clásica de Rendimientos Decrecientes, la visión schumpeteriana del progreso científico y la hipótesis de Harrod-Domar del capital físico como motor del desarrollo económico. Los modelos fueron generalizados por David Cass y Tjalling Koopmans, que adoptaron los métodos de optimización dinámica de Frank Ramsey. Los teóricos matemáticos terminaron por adueñarse de esta rama científica y su obsesión por el purismo matemático acabó haciendo de la Teoría del Crecimiento una herramienta elegante… pero poco útil en práctica política y empírica. La rama más importante de la ciencia económica murió justo cuando las expectativas racionales pasaron a dominar las clases de Macroeconomía de todo el planeta.

A mediados de los ochenta, el crecimiento económico renació de la mano de, entre otros, Paul Romer, Robert Lucas, Robert Barro, Philippe Aghion, Michael Kremer o Elhanan Helpman. Se reintrodujo el progreso tecnológico como motor del progreso económico y se estudiaron los mecanismos prácticos para inducir a las empresas a realizar investigación en las áreas que más interesan a la sociedad (como sería, por ejemplo, el desarrollo de una vacuna contra el sida o la malaria en la actualidad). También se habló del capital humano y de la inversión en las personas (en educación y en salud). Se estudió el papel del comercio internacional (o, en terminología popular, la «globalización»), de las instituciones como son la garantía del imperio de la ley, la corrupción, la burocracia, el tamaño del gobierno y las distorsiones que este introduce en la economía, la estabilidad macroeconómica y la inflación, la existencia de mercados negros y economía sumergida, la inseguridad ciudadana, el papel del sistema financiero e incluso el papel de la geografía.

La lección más importante que debemos aprender de estos dos siglos de investigación económica es que no existen fórmulas mágicas. Ninguna de estas teorías es cierta por sí sola. Todas y cada una de ellas tienen sentido y muchas de ellas podrían ser ciertas simultáneamente. Es más, la Teoría de los Estadios del Desarrollo nos dice que unas de estas hipótesis pueden ser ciertas para algunos países en algunos momentos de su historia y otras pueden ser ciertas para otros países u otros momentos. Por ejemplo, el problema del crecimiento económico de la España actual puede ser la escasa inversión en tecnología o la falta de competencia real en algunos sectores. Que eso sea cierto no quiere decir que Zambia tenga los mismos problemas, ya que Zambia se encuentra en otro estadio de desarrollo en el que lo más importante puede ser la educación primaria, la salud pública y el mantenimiento de los derechos de propiedad, la ley y el orden público.

Digo todo esto, aunque pueda parecer obvio, porque la metodología empírica utilizada por los economistas para averiguar la «verdadera fuente del crecimiento económico» se ha basado en construcciones econométricas clásicas consistentes en hacer tests de veracidad. Es decir, en contraponer una teoría (o hipótesis nula) a las demás (hipótesis alternativas), sin dejar la posibilidad de que todas las hipótesis sean ciertas simultáneamente o de que los efectos de una variable sean distintos para países en diferentes estados de desarrollo.

En una de mis más recientes publicaciones (realizada con mis ex-estudiantes de Columbia Gernot Doppelhofer y Ron Miller), desarrollamos una metodología econométrica (llamada «Bayesian Average of Classical Estimates», o BACE) que permite analizar la contribución de muchos factores distintos al crecimiento de las naciones. Lo que intentamos es averiguar todos los elementos que han funcionado en los países que han tenido éxito y todos los que no han funcionado en los países que han fracasado, aceptando el hecho de que el que un factor sea importante no implica que otros no lo sean. No hacemos y no queremos hacer tests de teorías, sino que, de alguna manera, dejamos que la «historia de las naciones» sea nuestra guía.

Volviendo al tema que nos ocupa: ¿qué nos dice la Econometría sobre el subdesarrollo de África? Pues, como era de esperar, nos dice que existen muchos factores determinantes del evidente fracaso económico de casi la totalidad del continente. Destacaré algunos.

Estabilidad y seguridad

Un primer elemento incuestionable, aunque a menudo ignorado por los análisis académicos, es el de las guerras y la violencia. Aunque sea una obviedad, déjenme que les recuerde que la economía no puede funcionar en un país plagado de conflictos bélicos, donde la incertidumbre de la violencia desincentiva la inversión local y donde la posibilidad de que ejecutivos sean
secuestrados ahuyenta la inversión internacional.

Dicho esto, recordemos que, entre 1960 (más o menos el año de la independencia) y hoy, la lista de países africanos involucrados en algún tipo de guerra es, por orden alfabético, la siguiente: Angola, Argelia, Benin, Burkina Faso, Burundi, República Centroafricana, Chad, Costa de Marfil, República del Congo, República Democrática del Congo (antiguo Zaire), Djibouti, Eritrea, Etiopía, Guinea-Bissau, Guinea-Ecuatorial, Liberia, Libia, Madagascar, Mauritania, Marruecos, Mozambique, Namibia, Níger, Nigeria, Rwanda, Sierra Leona, Senegal, Somalia, Sudáfrica, Sudán, Togo, Uganda y Zimbabwe. Es decir, casi todos los países africanos han sufrido conflictos bélicos en los últimos cuarenta años. Algunas de estas guerras fueron cortas, algunas duraron décadas… y otras todavía perduran.

Salud pública

Un segundo elemento distingue a África del resto de los continentes: la salud pública. En las zonas tropicales está resurgiendo la plaga de la malaria (después de décadas en que estuvo a punto de ser erradicada gracias a la utilización de DDT, un insecticida que parecía funcionar pero que pasó a ser el blanco de movimientos ecologistas, hasta que su prohibición se generalizó). Últimamente, el mosquito transmisor, Anófeles gambiae, está desarrollando resistencia a los pesticidas y el protozoo que causa la enfermedad, el plasmodio, está desarrollando resistencia a tratamientos tradicionales, como la quinina. La combinación de estos dos factores hace que los índices de malaria se hayan vuelto a disparar en los últimos años.

A eso hay que sumar la aparición del síndrome de inmunodeficiencia adquirida (el sida), que tiene una gran incidencia en el sur del continente (Botswana, Sudáfrica, Lesotho, Namibia, Swazilandia y Mozambique perecen tener incidencias de cerca del 30% de la población). A diferencia de lo que ocurre en los países ricos, los pacientes africanos no tienden a ser ni homosexuales ni drogadictos, sino heterosexuales (mayoritariamente mujeres) que no utilizan jeringuillas y que transmiten el virus VIH a través del contacto (hetero)sexual.

Las consecuencias económicas de la pandemia del sida y la malaria son incalculables: 14 millones de huérfanos de sida deambulan por África sin la ayuda (económica y moral) que dan los padres; la esperanza de vida vuelve a subir después del progreso experimentado durante el último siglo y eso reduce los incentivos de los ciudadanos a estudiar, a ahorrar y a invertir; las empresas abandonan el continente debido al elevado coste de educar a una mano de obra que no llegará a la edad de 30 años; la sanidad acaba devorando el dinero del erario público y reduciendo la capacidad de invertir en necesarias infraestructuras. La malaria y el sida tienen, en definitiva, efectos económicos negativos que van mucho más allá del simple problema sanitario.

Y aquí es donde debemos darnos cuenta de que los países africanos necesitan la ayuda internacional. En general, yo siempre he sido partidario de la autoayuda como motor del crecimiento económico, ya que ningún país en la historia de la humanidad ha salido de la pobreza solamente a base de la ayuda y la mendicidad. Pero la situación africana actual es muy distinta, porque los africanos no tienen la tecnología biomédica ni el capital humano necesarios para afrontar este grave problema de salud pública. Un país como Mozambique, con una población de 18 millones de habitantes, de los que el 30% pueden estar infectados con el virus que causa el sida, tiene un total de 40 médicos. La industria farmacéutica africana es inexistente. A corto plazo, la falta de capital humano se puede paliar parcialmente con actuaciones como las de Médicos sin Fronteras. A medio plazo, los países ricos deberíamos dar, abrir y facilitar el acceso de jóvenes africanos a nuestras facultades de Medicina. Pero a la larga,  la única solución es el descubrimiento de vacunas o medicinas que curen esas enfermedades.

Parece mentira que los científicos hayan sido incapaces de descubrir una vacuna contra la malaria después de tantos años4. Una explicación es que los científicos son más inútiles de lo que parece. Homer Simpson mostraba su escepticismo por la ciencia cuando, al encontrarse a un profesor, le espetó: «Si sois tan listos y podéis ir a la Luna, ¿por qué no podéis conseguir que no me huelan los zapatos?». Es decir, si lográis inventar cosas tan complicadas como naves espaciales que visitan otras galaxias y envían fotografías a nuestro planeta, ¿cómo es que no podemos solucionar un problema que se transmite con la picadura de un mosquito? Normalmente estoy de acuerdo con el gran Homer, pero en esta ocasión no creo que se trate de incapacidad científica, sino de incentivos económicos. No se ha descubierto una vacuna contra la malaria porque afecta únicamente a países tropicales, países que, con pocas excepciones, son pobres. Al afectar principalmente a países pobres, el negocio que las farmacéuticas pueden esperar de invertir en soluciones al problema de la malaria es diminuto.

El problema del sida es parecido. Aunque empezó en Estados Unidos a principios de los ochenta y a pesar de que pronto se extendió a Europa, el 95% de los infectados por el virus VIH actualmente se encuentra en países subdesarrollados, la mayor parte de ellos en África. En Europa y EEUU se han encontrado maneras de evitar que las víctimas del VIH desarrollen el sida a base de utilizar cócteles de pastillas antirretrovirales. El problema es que el virus VIH muta muy rápidamente y, por lo tanto, requiere un control y un seguimiento médico muy estricto, para asignar el cóctel de pastillas exacto que necesita cada cliente en cada momento. El tratamiento antirretroviral que funciona en Europa o Estados Unidos, pues, no es viable en países donde la escasez de médicos es notable y, en particular, es inviable en África. Un segundo problema derivado de la rápida mutación del virus del sida es que el tipo de virus que actualmente infecta en África no es el mismo que el que se encuentra en los países desarrollados. Eso quiere decir que los ciudadanos africanos podrían no beneficiarse de las potenciales soluciones que se encuentren en el Primer Mundo.

Tenemos, pues, que dos de las pandemias actuales (sida y malaria) afectan principalmente a los países pobres. El problema es que quien está mejor equipado para desarrollar soluciones biomédicas es la industria farmacéutica y esta no lo va ha hacer por sí sola si no ve los beneficios económicos. Tenemos que encontrar, pues, una solución que compagine el interés de la industria con el interés de la sociedad. Un grupo de economistas liderados por Michael Kremer (entre paréntesis, un ex-alumno mío) propuso la creación de un fondo de dinero que se debía utilizar para garantizar a los investigadores que se comprarían miles de millones de vacunas a precio de mercado. Las vacunas serían, consiguientemente, regaladas a los pacientes africanos que no pudieran pagar el precio. De esta manera, se darían los incentivos necesarios para que las empresas dedicaran recursos a la investigación de soluciones biomédicas para la malaria y el sida y, por otro lado, se conseguiría garantizar el acceso a las vacunas por parte de los ciudadanos más pobres del continente africano. Inicialmente la idea se acogió con frialdad, pero pronto Bill Gates puso millones de dólares en el fondo. En 2001, la ONU adoptó (parcialmente) la idea y creó el Global Fund for AIDS, TB and Malaria. Tras un lento despegue, el Fondo ha acumulado ya cerca de 5.000 millones de dólares con la colaboración de algunos gobiernos y, sobre todo, de filántropos privados, entre los que destaca la Bill and Melinda Gates Foundation, a los que últimamente se han sumado personajes significativos, como el cantante de U2, Bono. El fondo de las Naciones Unidas se está utilizando para incentivar la investigación, pero también para generalizar los tratamientos antirretrovirales en amplias zonas del continente. Hace solamente un par de meses, la Malaria Vaccine Initiative (financiada por la Gates Foundation) encontró una vacuna candidata que parece reducir la incidencia de malaria en niños de entre 1 y 4 años.

Inversión

Un tercer problema de las economías africanas es el de la inversión. Los países africanos invierten cerca del 5% de su PIB. Eso contrasta con más del 20% en los países de la OCDE y más del 30% en los países asiáticos que experimentan alto crecimiento. Lo peor del caso es que la mayor parte de la inversión es pública. Y ya se sabe que la inversión pública tiene la nefasta tendencia a ser esencialmente inútil. Un grotesco ejemplo lo tenemos en Nigeria, donde, un buen día, el gobierno decidió crear una empresa pública de acero en Ajaukuta. Se han gastado ya más de 5.000 millones de dólares en inversión pública y han pasado 25 años desde el inicio del proyecto. Amigos de diferentes ministros y presidentes se han enriquecido gracias al desvío de millones de dólares. A día de hoy, la fábrica todavía no ha producido ni un solo gramo de acero.

La inversión privada (local y extranjera) es esencialmente nula, por varias razones. Una es la ya mencionada existencia de inestabilidad política y militar, que genera una incertidumbre que ahuyenta la inversión privada. Otra explicación es que muchos países africanos no tienen un sistema de derechos de propiedad muy claro. Eso hace que sea complicado hacerse con el rendimiento de la propia inversión. Una tercera razón es que los países africanos no están muy abiertos al comercio internacional (a la globalización). Las barreras comerciales de todo tipo (entre las que destacan los elevados aranceles) hacen que los bienes de inversión sean muy caros: un ordenador que en Nueva York cuesta 1.000 dólares puede costar tres veces más en Zimbabwe o Lesotho. Volveré a hablar del tema de la globalización un poco más adelante.

Instituciones públicas

El cuarto gran problema de los países africanos son las malas «instituciones» y la terrible «calidad de sus gobiernos». Las extensas burocracias impiden la creación de negocios y dificultan el normal funcionamiento de las empresas, que son, al final del día, las únicas que acaban creando riqueza7. La ineficacia a la hora de garantizar la ley y el orden (que, desde Adam Smith, los economistas han considerado como fundamentales a la hora de generar progreso económico) limita la capacidad de muchos países de crecer y desarrollarse. La corrupción rampante ahuyenta a las empresas multinacionales y reduce la inversión directa extranjera (FDI). La falta de propiedad privada hace que infinidad de individuos se vean privados de la capacidad de pedir prestado, crear negocios y prosperar. Todas estas instituciones públicas acaban imponiendo barreras al desarrollo y el crecimiento económico de las naciones. La pregunta es: ¿por qué el entorno institucional está tan deteriorado en África?

Una parte de la respuesta es climática y tiene que ver con la herencia colonial. Me explico; en las zonas tropicales (generalmente adversas a la salud del hombre blanco, debido a las enfermedades tropicales, entre las que destaca la malaria), los europeos construyeron instituciones dedicadas a extraer los recursos naturales. La razón es que, cuando los colonos vieron que las avanzadillas militares y eclesiásticas que llegaron a África morían irremediablemente por culpa de los males tropicales, no intentaron construir países donde poder emigrar con sus familias. A esos países fueron, simplemente, a robar la riqueza natural. Eso contrastaba con los países fuera de los trópicos, donde el clima más benigno hacía posible la emigración de los colonos blancos y sus familias. En esos países, los imperios europeos desarrollaron instituciones que garantizaban el imperio de la ley y el orden, instituciones que fueron heredadas por los nuevos países independientes durante los años sesenta. Algunos analistas económicos argumentan que esa herencia colonial es un determinante importante de la calidad institucional africana en la actualidad.

Dejando de lado la hipótesis climática y la herencia colonial, los economistas sabemos poco sobre el origen y la formación de las instituciones que van mejor para el buen funcionamiento de una economía de mercado que fomenta el progreso y el bienestar. Sabemos, por ejemplo, que la existencia de recursos naturales tiende a generar una corrupción que no solo hace desaparecer la riqueza generada por los recursos, sino que reduce la producción de los sectores que más o menos funcionaban antes del descubrimiento del petróleo, los diamantes o el oro9. La corrupción de los gobiernos ha tenido una implicación adicional importante: la ayuda internacional ha sido robada o malgastada. Los miles de millones de dólares que fundaciones privadas o instituciones internacionales han dado para ayudar al desarrollo del continente negro han desaparecido dejando pocos rastros positivos.

Sabemos, también, que muchos países africanos sufrieron las consecuencias de la guerra fría y del intelectualismo de izquierdas imperante en los años sesenta, cuando se decía que la batalla entre el centro y la periferia se saldaba con victoria de los países pobres solo si se apuntaban al marxismo. Recuerdo que muchos de mis profesores en la universidad me explicaban una y otra vez que la planificación socialista era superior al capitalismo para los países pobres (para los países ricos no estaba claro, decían). La consecuencia de todo esto es que numerosos países africanos adoptaron sistemas de planificación central: desde Etiopía hasta Ghana, pasando por Tanzania, Benin o Mozambique, uno tras otro, los países africanos se dejaron deslumbrar por las promesas paradisíacas del socialismo. Y uno tras otro cayeron en las garras de dictadores del proletariado, quienes, en lugar de paraísos, trajeron gulags, persecuciones políticas, falta de libertar y, sobre todo, miseria. Mucha miseria.

Finalmente, a pesar de que hay algunas cosas que entendemos, también hay cosas que no sabemos por qué pasan. Por ejemplo, no acabamos de entender por qué Botswana ha funcionado muy bien, a pesar de haber descubierto diamantes. Por qué el rey Seretse Khama, que volvió del exilio al conseguir Botswana la independencia de Inglaterra en 1966, no quiso quedarse (ni que sus seguidores se quedaran) el dinero de las ventas de los diamantes, y por qué el rey instituyó una democracia civil y un sistema de protección social sin paralelo en África10. A veces, los destinos de un país dependen de maneras extrañas de sus líderes y nunca sabemos por qué algunos líderes se comportan como lo hacen.

Globalización

A diferencia de las asiáticas, las economías africanas están cerradas a las fuerzas (y, por lo tanto, a los beneficios) de la globalización. La globalización económica se podría definir como el libre movimiento de capital, trabajo, tecnología y mercancías. Que la globalización no ha llegado a África es patente: ni el capital extranjero invierte en el continente, ni sus ciudadanos pueden emigrar libremente a los países desarrollados (si emigrar fuera fácil, no arriesgarían sus vidas para cruzar el estrecho en peligrosas pateras), ni las tecnologías que tenemos en los países ricos acceden rápidamente al continente africano. Dicho esto, el problema más grave para los países africanos es la falta de apertura del comercio internacional. Por un lado, los europeos, norteamericanos y japoneses seguimos obsesionados con el proteccionismo agrícola en forma de elevados aranceles que impide que los países pobres tengan acceso a nuestros lucrativos mercados. Y lo que es peor, seguimos obsesionados con las subvenciones obscenas a nuestros agricultores (la Farm Bill americana pasará a la historia como el segundo programa económico más delirante de la historia de la humanidad, siguiendo muy de cerca a la Política Agraria Común Europea). Esos subsidios hacen que nuestros productos agrícolas no solo sean más baratos en Europa, sino también en África. Eso impide que millones de pequeños agricultores africanos tengan acceso a sus propios mercados y son obligados de esta manera a practicar la agricultura de subsistencia.

Si antes he dicho que una de las mejores maneras que los gobiernos de los países ricos tienen de ayudar a África es fomentar la investigación médica, otra manera importante es la erradicación del proteccionismo agrícola.

Una vez reconocida la culpa de los países ricos, los gobiernos africanos también tienen parte de culpa, porque tienden a olvidar una de las lecciones más importantes de la teoría del comercio internacional: «aunque tus vecinos no abran sus mercados a tus productos, a ti no te interesa desagraviarte poniendo barreras comerciales a los suyos». Tirar piedras contra tu propio tejado es irracional y el proteccionismo vengativo es como tirar piedras contra tu propio tejado. Y como hemos visto un poco más arriba, una de las razones por las que la inversión es tan reducida en los países africanos es que el precio de los bienes de capital es exageradamente alto. Entre las razones por las que el precio de los bienes de inversión es elevado están… ¿sorpresa? las barreras arancelarias impuestas por los propios gobiernos africanos para «castigar» a los países ricos por su nefasta política de proteccionismo agrícola.

Educación

Finalmente, uno de los problemas más importantes para el desarrollo de las economías africanas es la educación. Los países de nuestro planeta que más rápidamente progresan (principalmente, los países asiáticos) han hecho esfuerzos monumentales, casi cinematográficos, para educar a su ciudadanía. La educación de la población es uno de los pilares fundamentales del proceso de desarrollo económico.

En estadios de desarrollo avanzados, la calidad de la educación universitaria y profesional es la que determina el éxito de un país. En estadios más primitivos, por otro lado, lo más importante es la educación primaria. Además de tener repercusiones económicas, la educación primaria tiene otro tipo de incidencias sociales. Por ejemplo, la educación de las niñas reduce el número de hijos, mejora la salud de eso hijos y disminuye la mortalidad infantil. Parece mentira, pero muchos de los problemas de salud que aquejan a las familias africanas se pueden prevenir con un poco de educación e información (el tétanos neonatal, por ejemplo, se causa al cortar la madre el cordón umbilical con algún instrumento oxidado; enfermedades estomacales que acaban con la muerte de los niños por deshidratación causada por diarreas se pueden evitar hirviendo el agua o la leche).

En las últimas décadas, el Banco Mundial ha invertido miles de millones en la construcción de escuelas, suministro de libros y materiales y de remuneración para profesores y maestros. La educación en muchos de esos países, sin embargo, no parece mejorar. Una explicación es que el factor más importante en la educación de los niños no es la escuela, ni los libros, ni siquiera los maestros: lo más importante es el tiempo que le dedican los propios niños. En este sentido, en amplias zonas de África no se han superado dos de las barreras que impiden que los muchachos y muchachas puedan ir al colegio. La primera barrera importante es que, en muchos países, los niños deben pagar una matrícula para poder ir a la escuela. A menudo son cantidades que no llegan a los 100 dólares. Esto, para ustedes y para mí no es una cantidad descomunal, pero, en zonas de África donde la renta per cápita es de 300, 500, 1.000 o 2.000 dólares, una matrícula de esa magnitud es prohibitiva para muchas familias (especialmente para las que tienen numerosas criaturas).

La segunda barrera es quizá más importante: muchos niños y niñas no pueden ir al colegio porque necesitan trabajar. Muchas familias pobres no pueden sobrevivir con la fruta que buenamente recolecta la madre o los mejillones que haya podido pescar el padre. Bajo estas funestas (aunque, desgraciadamente, comunes) circunstancias, los ingresos que genera el trabajo de los hijos pasan a ser un factor esencial. Y ¡sí!, todos entienden que, si el niño o la niña van al colegio y aprenden a leer, escribir, sumar y multiplicar y aprenden un oficio, sus posibilidades económicas futuras se van a multiplicar. Pero la familia no puede permitirse prescindir de los ingresos de los menores. Esa es, precisamente, una de las consecuencias de la pobreza.

Es más, recuerden que en África existen ahora 14 millones de huérfanos del SIDA. Niños sin padre y sin madre, cuya situación económica depende única y exclusivamente de su capacidad de ganar dinero. Y lo que es peor, a menudo esos niños tienen hermanos menores a los que tienen que alimentar. No son insólitos grupos de 6 o 7 niños y niñas formando familias cuya cabeza es el hermano de 12 o 14 años. Las necesidades inmediatas eliminan los incentivos que los niños tienen a ir a la escuela y los inducen a buscar trabajo.

Naturalmente, este problema no ocurre solamente en África. Muchos de nuestros abuelos también se vieron obligados a trabajar en el campo o en la industria incipiente a principios del siglo pasado. En la actualidad, millones de niños se ven obligados por las circunstancias a trabajar para sobrevivir en países de Asia y de América Latina. Entendiendo este grave problema, el presidente Ernesto Zedillo, de México, diseñó hace unos años un inteligente programa llamado «Progresa». El objetivo era inducir a los niños más pobres de las regiones de Chiapas, Guerrero y Oaxaca a ir al colegio en lugar de trabajar. Para ello, el presidente Zedillo entendió que la única manera de conseguirlo era dar al niño unos ingresos alternativos, por lo que decidió pagar un salario a los niños que iban al colegio. No era una beca que se daba al empezar el curso. Era un salario: el niño no cobraba si no acudía a clase y su remuneración aumentaba a medida que iba mejorando sus notas y pasando de curso. El programa de Zedillo fue un éxito tan espectacular, que otros países lo empezaron a copiar.

África necesita un programa de esas características, porque es el continente en que menos niños se pueden permitir estudiar. Desafortunadamente, sin embargo, la corrupción y la incompetencia de sus gobiernos han hecho que las arcas públicas no tengan dinero suficiente para financiar este tipo de programas. Es más, los líderes políticos no están por la labor. Es por esto por lo que hace un año, un grupo de personas creamos la Fundació Umbele (www.umbele.org). En suahili, la lengua más hablada del este del continente, umbele significa «futuro». Umbele nació, pues, con el objetivo de ofrecer un futuro a África. La fundación canaliza dinero desde los países ricos (principalmente, Europa y Estados Unidos) hacia los ciudadanos africanos, intentando saltarse las burocracias corruptas de los gobiernos y caciques locales y sin el despilfarro que a menudo tienen las grandes ONG.

La idea es enviar el dinero a través de esa red de personas en las que todos confiamos y que ya están allí, sobre el terreno, dispuestas a sacrificar toda su vida por el bien de los más necesitados: se trata de los misioneros. Al aprovechar la ya existente red de misioneros, la Fundació Umbele no tiene casi gastos de administración (lo que la convierte en una organización bastante más eficiente que otras) y, al enviar el dinero directamente a las cuentas de los misioneros, se salta los potenciales burócratas corruptos.

Los misioneros utilizan el dinero para pagar un salario a los niños más pobres, a cambio de que, en lugar de ir a la fábrica o al campo, vayan a la escuela. A más notas, más salario. Y a medida que el chico o la chica pasa de curso, el salario se engrandece (junto con el coste de oportunidad de ir a la escuela). Resumiendo, la Fundació Umbele intenta reproducir en África, y de manera privada, un programa de educación infantil que funciona con el dinero del gobierno en otras partes del mundo e intenta hacerlo de la manera más eficiente posible. La Fundació Umbele cuenta ya con importantes colaboradores. El Banco SabadellAtlántico ha ofrecido pagar los costos de las transacciones financieras de enviar dinero a las escuelas africanas. Estamos colaborando con el Fútbol Club Barcelona y la Fundació Barça para crear escuelas, primero en Camerún y, quizá más adelante, en el resto del continente. Centenares de colaboradores anónimos nos están ayudando con sus diseños, sus aptitudes informáticas, sus consejos, sus aportaciones económicas y sus ayudas de todo tipo a que no muera la llama de la esperanza.

Desde nuestros hogares, atalayas privilegiadas que nos aíslan de la pobreza más extrema del mundo, no podemos arreglar todos los problemas de África. Ni siquiera podemos solucionar una pequeña parte de ellos. Hemos visto que los problemas son muchos y que su solución depende de lo que hagan los gobiernos de los países ricos, los propios dirigentes africanos y los líderes institucionales, políticos, sociales y empresariales de todo el mundo. Lo que sí podemos hacer es dar un poco de esperanza, un poco de futuro, un poco de umbele a algunas de las personas que más lo necesitan.

Y, hablando de futuro…, no hace mucho estaba en Lesotho intentando explicar a los niños y niñas de una escuela primaria de Mokhotlong que ellos eran el futuro del país, el futuro del continente. Una niña de 12 años que no llevaba uniforme, porque seguramente no lo podía pagar, levantó la mano y, con una sonrisa seductora, me dijo: «Profesor, quizá en su país los niños representen el futuro. En África, somos el presente».

Muchas gracias.

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