Caracas, una guerra sin nombre (EL PAÍS)

He vuelto a mi blog. Luego de un pequeño período de tiempo sin escribir había decidido regresar a la escritura con el tema de la violencia en Venezuela que es sin duda el tema más relevante de nuestra sociedad en la actualidad. Más aún para los residentes de Caracas, cuidad en la que los índices han repuntado enormemente situandose entre las tres cuidades más violentas del mundo con un promedio de 130 homicidios por cada 100.000 para el cierre de 2009.

La intención inicial de esta entrada era publicar un artículo propio pero revisando bibliografía y otras referencias conseguí este reportaje interesantisimo y super completo del diario el PAÍS sobre la violencia caraqueña. Así pues que he decidido publicarlo con la intención de fomentar el conocimiento y el debate.

Como siempre en este blog, estan bienvenidas las críticas…

GERARDO ZAVARCE 18/04/2010

La capital de Venezuela se ha convertido en una de las ciudades más violentas de América Latina. Hasta 127 homicidios anuales por cada 100.000 habitantes. Millones de armas en los barrios. Bandas, venganzas, familias destruidas. Un trágico panorama para el que no es fácil encontrar explicaciones ni respuestas.

Caracas es una ciudad sangrante. De sus edificios brotan ríos de sangre, de sus montañas brotan ríos de sangre, de sus casas brotan ríos de sangre. La sangre fluye por sus calles y avenidas, forma un caudaloso torrente que tiñe de rojo el asfalto y traza un peculiar camino, por donde no sólo los cuerpos, sino la ciudad toda y sus ciudadanos se diluyen y se desdibujan.

“La violencia que se vive en las calles de la ciudad de Caracas fluye por todos los intersticios de su entramado social”, explica Nelson Garrido, fotógrafo venezolano, premio Nacional de Artes Plásticas, que aborda desde hace años la violencia como fenómeno de orden estético y social. “Se trata de una violencia capilar que regularmente pretende ocultarse a través de los pliegues cosmopolitas de una pretendida utopía de ciudad moderna. En Venezuela, particularmente en la ciudad de Caracas, vivimos ahogados por múltiples formas de violencia: violencia política, violencia de género, violencia intrafamiliar, violencia social, violencia económica. Y estas manifestaciones de la violencia rigen y condicionan nuestras vidas. Nosotros como sociedad no podemos seguir apelando a esconder y ocultar esta situación. Su ocultamiento no es sino una forma depurada y cínica que utiliza la propia violencia, sea cual sea y venga de donde venga, para continuar con sus prácticas de aniquilamiento de los modos de convivencia”.

La violencia en América Latina en la actualidad se identifica como un fenómeno esencialmente urbano, asociado a las grandes ciudades. Desde hace aproximadamente dos décadas, en el caso particular de la ciudad de Caracas, la tasa de homicidios comenzó a generar señales de alarma. Y en los últimos diez años su incremento ha resultado notable.

En el año 2008 fueron registrados 14.467 homicidios en toda Venezuela, según el Informe anual sobre la situación de los derechos humanos en Venezuela, publicado por el Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea). Por contraste, en los últimos diez años, la tasa de homicidios en otras ciudades latinoamericanas tradicionalmente asociadas a la violencia -São Paulo, Río de Janeiro, Medellín y Bogotá- ha disminuido considerablemente. Hoy en día la capital de Colombia posee una tasa seis veces inferior a la de Caracas, que pasó de 63 homicidios por 100.000 habitantes en 1998 a 127 en 2008.

“Hace unos años Venezuela no aparecía en los anales de violencia y hoy en día es, junto con El Salvador, uno de los dos países más violentos de América Latina”, señala el director del Observatorio Venezolano de Violencia, Roberto Briceño León. “Más que Colombia y mucho más que Brasil y México, naciones con las cuales solíamos compararnos en estas contabilidades. Caracas es, con creces, la capital más violenta de América Latina”.

A pesar de la contundencia de estas cifras sobre inseguridad y violencia en Venezuela, se trata de proyecciones moderadas y conservadoras. No incluyen los casos etiquetados como resistencia a la autoridad y muertes a determinar. Lo que significa que, en la realidad, las cifras sobre homicidios pueden ser superiores a las que actualmente se muestran, tal como advierte Provea.

Las estadísticas no hacen sino confirmar el estado de excepción permanente que coloca al país y a Caracas -su principal ciudad- bajo la sombra de un sentimiento de inseguridad y miedo generalizado. En septiembre de 2009, el 57% de los venezolanos consideraba la inseguridad como el principal problema del país, por encima de la escalada inflacionaria, la diatriba política, el desempleo y la escasez de vivienda.

Pero, más allá de las cifras, los estudios y las estadísticas comparativas, estos números representan una tragedia colectiva. Así lo expresó Roberto Briceño León: “Una gran tragedia para la sociedad, para las familias. Porque si en el año 2009 nosotros hablamos de 16.000 homicidios, bajo las cifras más conservadoras, entonces son 16.000 familias en el país enlutadas. Además, hay más de 180.000 personas que han sido heridas, que no han muerto, pero igualmente padecen y son víctimas de la violencia. Entonces yo no tengo duda en calificar esto como una gran tragedia, un drama que vive la sociedad venezolana”.

Carlos Rojas tenía 19 años y era mototaxista. Vivía con su madre en un sector conocido como La Dolorita de Petare, que forma parte de la extensión de barrios (así se conoce en Venezuela a las favelas) más grande de Caracas y la segunda de América Latina, con más de un millón de habitantes. Era un “chamo sano”, un muchacho que no se metía en líos ni andaba por la mala vida. El 27 de septiembre de 2008, un malandro (delincuente) lo asesinó a tiros, en hora punta y enfrente de un módulo policial. Según parece, el asesino estaba celoso porque Carlos tenía una cliente fija con la que presumía que flirteaba. Por eso lo mató. Carlos tenía un hijo, y su novia, Karen, de 18 años, estaba embarazada del segundo cuando Carlos fue asesinado.

El caso, por el hecho de que Carlos fuera un muchacho “sano” y por haberse producido el asesinato frente al módulo policial, causó una pequeña revuelta en el barrio. Los vecinos quemaron el módulo policial y, en varios días de protestas, exigieron que compareciera el ministro. Finalmente acudió un portavoz oficial, que prometió más seguridad.

Pero eso no devolvió su hijo a Teresa Osorio, de 48 años. “Sólo me queda un hijo”, explicaba días después del asesinato. “Yo ya tengo dos hijos muertos. Hace 14 años me mataron a mi hijo mayor, me lo mataron para robarle unos zapatos. No creo en la justicia, pero estoy haciendo lo posible para que ese tipo pague. Porque con mi hijo mayor no se hizo justicia. Detuvieron al asesino, pero al poco tiempo salió por falta de pruebas. Eso se olvida, eso es pura política, eso no sirve. Olvídate. Es horrible vivir lo mismo. Lo mismo o peor, porque ni sé por qué lo mataron. Tener dos hijos muertos es fuerte. Pero aquí hay mucha gente que tiene dos y tres hijos muertos”.

La trama de la violencia desdibuja todas aquellas visiones que hacen de la sociedad venezolana un paisaje bucólico de postal turística, una tierra de gracia y de riquezas petrolíferas. La tragedia venezolana puede consistir en haber creído a ciegas durante muchos años que nunca hubo tragedia.

“No podemos hablar de causas de la violencia. Hay que hablar de circunstancias, de factores, de tendencias que confluyen, que se juntan y que permiten comprender un fenómeno determinado”. Así se expresa Alejandro Moreno, sacerdote salesiano, quien dirige el Centro de Investigaciones Populares (CIP), equipo de trabajo que se ha dedicado a estudiar en los últimos años al delincuente violento de origen popular a través de la interpretación y análisis de sus vidas.

Para Moreno, interpretar la violencia que acontece en los sectores populares representa una forma de estudiar la realidad que se erige a su alrededor y que constituye su propia experiencia: “Yo vivo la violencia cotidianamente, a mí me han pasado tiros por la frente quemándome el pelo. Por una casualidad, hoy te lo puedo contar. Bueno, yo creo en Dios, de manera que estoy vivo no sólo por una casualidad. La violencia es lo que yo vivo cotidianamente, he visto morir a más de cincuenta muchachos en el barrio donde resido. Yo estudio la violencia que vivo cotidianamente”.

Señala que ni la pobreza ni las condiciones de vida de los sectores populares son explicaciones de la aparición de la violencia delincuencial. Para él, ésta es una creencia anclada en gran parte de la opinión pública y debe ser desmitificada. “Quienes creyendo que para condenar radicalmente la pobreza es eficaz relacionarla con la violencia, a quien condenan en realidad es al pobre”, dice. “La pobreza tiene que ser condenada y eliminada, pero por otras razones más reales, profundas y sólidas, no sólo por miedo”.

Las que sí considera circunstancias fundamentales para explicar los niveles de violencia que vive la sociedad venezolana son, por una parte, la abundancia de armas en la calle y la facilidad para adquirirlas y, por otra, la debilidad del Estado para ejercer el control y el orden de las cosas. “No habrá salida a esta situación”, dice, “si se mantiene el orden actual de las cosas. Habrá solamente paliativos. La violencia será un flagelo que irá aumentando y poniendo en riesgo la vida de los ciudadanos. Quiero decir que esta situación va a crecer si no cambian las circunstancias en las cuales nos encontramos. No me refiero a la pobreza, sino a la presencia de armas en la calle, a la disolución y al debilitamiento de las instituciones del Estado, al abandono de las comunidades a sí mismas, al sometimiento de las comunidades a la acción de cualquier forma de violencia”.

La presencia y proliferación de armas de fuego es un factor directamente relacionado al número de homicidios que ocurren en el país. Entre 1999 y 2006, el 86% de los homicidios registrados en la ciudad de Caracas se produjeron con armas de fuego. Según cifras que maneja la Comisión de Seguridad y Defensa de la Asamblea Nacional, en Venezuela (unos 27 millones de habitantes) hay actualmente 12 millones de armas, entre legales e ilegales, en manos de los civiles.

Para Ibrahim, educador y promotor comunitario de una barriada popular caraqueña, las armas son un elemento vital para el delincuente. “La élite del malandro necesita y requiere las armas”, explica. “Su poder depende de las armas y de los negocios ilícitos. El malandro a través de las armas consigue defenderse, atacar y mantener el poder en el barrio. En el barrio todos saben de armas. Para tener un arma, lo que hay que tener es dinero o voluntad para tenerlo. Andar en la jugada del malandreo o conocer la jugada. El malandro ejerce el poder en el barrio. Es el dueño del barrio”.

Lo confirma el testimonio de Héctor Blanco recogido por la investigadora Mirla Pérez, del Centro de Investigaciones Populares: “Todo empezó porque también me sometían. Yo veía a las personas así, a los malandros, que los respetaban. A todos los respetaban. A mí esos chamitos me querían estar sometiendo, y me cansé. Me compré una pistola. A partir de ahí, me dieron una cachetada y le di cuatro tiros al chamo. Y a raíz de eso empecé a cometer bastantes homicidios”. El equipo del Centro de Investigaciones Populares concluye: “Esa facilidad para conseguir un arma mortal es componente fundamental de la nueva forma de violencia de los más jóvenes. Un adolescente descontrolado con un arma es una máquina de matar”.

En los últimos diez años, Venezuela ha contado con más de diez ministros del Poder Popular para las Relaciones del Interior y Justicia (ministerio encargado de la seguridad ciudadana). Los cambios de ministros regularmente implican sustituciones en los mandos medios y en el tren de directores.

La acción del Estado se ha caracterizado por la implementación de operativos coyunturales que, por su naturaleza, no mantienen una continuidad en el tiempo y resultan acciones de bajo impacto ante la proporción de la situación de la seguridad ciudadana, según Provea.

El propio presidente de la República, Hugo Chávez, manifestó durante la presentación anual de la memoria y cuenta 2009, ante la Asamblea Nacional, que los avances en el combate del crimen y la violencia han sido “modestos” y no dudó en destacar que la naturaleza del problema era de orden político: “Se ha convertido el crimen, la inseguridad, la violencia en uno de los más grandes enemigos de la Revolución Bolivariana, y no tengo dudas de que ese crimen y muchas de esas bandas criminales son preparadas, financiadas y apoyadas por la burguesía contrarrevolucionaria y nuestros enemigos internacionales, el imperio yanqui y sus lacayos”. Paralelamente, Chávez anunció la puesta en marcha del Plan Integral de Prevención y Seguridad Ciudadana, orientado a estructurar una política de largo alcance que permita atender la seguridad ciudadana a través de siete ámbitos distintos de acción.

No obstante, estas nuevas acciones emprendidas por el Estado venezolano, que aparecen en escena después de muchos ensayos fallidos, pero que apuntan y se enmarcan en un claro esfuerzo por generar una transformación profunda e integral del aparato policial, judicial y penitenciario, no logran convencer plenamente a muchos especialistas. Roberto Briceño León mantiene una perspectiva crítica frente a las políticas oficiales en materia de seguridad. Señala que se han caracterizado por una ambigüedad en el mensaje y una discontinuidad en su implementación. “El incremento de la violencia en Venezuela”, dice, “tiene que ver con la crisis institucional, el quiebro del tejido social. Consideramos que este es un quiebro que se ha dado fundamentalmente por la propia actuación del Gobierno. El Gobierno dice que el origen del delito es la pobreza. Pero también señala que ha disminuido la pobreza en el país. Entonces, la consecuencia lógica sería una disminución de los homicidios, y no ha sido así, sino todo lo contrario”.

Sin embargo, apunta que la evidencia histórica y las experiencias comparadas indican que esta situación no es irreversible. “Hay razones para dejar de ser escéptico cuando hay voluntad política, una respuesta firme y clara, una decisión de fortalecer la norma y fortalecer a la sociedad, una voluntad de cooperar entre todos los actores de la sociedad y darle continuidad a las políticas públicas con independencia de las ideologías políticas”, sostiene. “Esto lo encontramos en Bogotá. Durante más de una década existió una voluntad de controlar la violencia y mejorar las condiciones de la ciudad; allí se generó continuidad, y el acuerdo de la sociedad fue unánime. ¿Son Bogotá y Medellín un paraíso? No, siguen teniendo una tasa muy alta de homicidios. Pero ellos lograron controlarla”.

Las imágenes de la violencia en Caracas testimonian su tragedia. A diferencia de las cifras, éstas no pretenden demostrar nada, tienen la virtud de mostrar. Representan fragmentos de la memoria transitando por su habitual batalla contra el olvido. Logran contener en un instante las fuerzas silentes del dolor, la rabia y el sufrimiento que produce la acción violenta. Nos dicen que hay rostros detrás de cada una de las cifras que dan cuenta de la violencia interpersonal.

Las imágenes que acompañan este reportaje, captadas por la lente de la fotógrafa Lurdes R. Basolí en su paso por Caracas, nos muestran las expresiones y sentimientos de esa humanidad prisionera por las fuerzas irracionales de la violencia con todas sus trágicas connotaciones. Pretenden expresar lo inexpresable, allí radica su dignidad y sensibilidad.

Estas imágenes muestran los rostros escépticos de una ciudadanía desmembrada por la autopsia de su cuerpo social inerte, que yace herido sobre el suelo víctima de la injusticia y la impunidad.

“Todos vamos a morir de tanto silencio”, gritaba Mauro en la morgue de Caracas, desgarrado por la pérdida de uno de sus sobrinos a manos del hampa. Claro está, el peor flagelo de la violencia es el silencio y el olvido, así como sus correlatos la injusticia y la impunidad.

Para las autoridades gubernamentales, sin embargo, parte del problema es la amplia cobertura y divulgación de las cifras e historias de la violencia en los medios de comunicación nacionales e internacionales. En mayo de 2009, el entonces viceministro del Poder Popular para Relaciones Interiores y Justicia, Tarek El Aissami (actual ministro de esa cartera), declaró a la Agencia Bolivariana de Noticias: “Aunque estamos reduciendo el índice de criminalidad y, con ello, el número de delitos, los medios, de forma irresponsable, han colocado en la opinión pública una sensación de que estamos prácticamente a la suerte del hampa y la delincuencia”.

Una sensación de inseguridad que se alimenta de cifras que no pueden ser verificadas, de alambradas de púas, rejas, alarmas, carros blindados, horarios restringidos, garitas de vigilancia, plazas vacías, más rejas, más historias, más cifras, más muertes. Caracas es una ciudad archipiélago, discontinua. Una ciudad fracturada por duros y vertiginosos contrastes; una ciudad segmentada por límites imaginarios que secuestran la experiencia de su paisaje.

Caracas vive una guerra en la cual todos pierden. Nadie gana. Nadie gana nada en una guerra que consume cada año miles de víctimas. Caracas vive una guerra que no tiene nombre. Se trata de una guerra silente que muchas veces no se puede ver porque el encierro, producto del temor, permite a sus habitantes quedarse ciegos de tanto mirar en la oscuridad.

La ‘dolce vita’ de los herederos de Mandela

En el siguiente link aparece un reportaje del diario español EL PAIS donde explican la situación social de los jovenes en Sudáfrica y su relación con el sistema de gobierno, donde como bien dice el artículo el “bling-bling” y las conexiones políticas son altamente codiciadas en esta sociedad.  Un país con altas desigualdades donde lo más importante es el lujo y la ostentación, donde el fin último de todos los jovenes es parecerse a un personaje de la farandula o la televisión.

Cualquier relación o similitud de este artículo con la realidad latinoamericana es mera coincidencia. 

Espero que lo disfruten…

http://www.elpais.com/articulo/internacional/dolce/vita/herederos/Mandela/elpepiint/20100324elpepiint_9/Tes

“De lo duradero a lo desechable” de Eduardo Galeano

eduardo-galeanoNo suelo publicar escritos de otras personas en mi blog, pero ayer una buena amiga me envió este escrito por correo el cual me pareció interesantisimo y he decidido compartirlo con ustedes. Como pudieron observar en el título es de Eduardo Galeano, considerado como uno de los pensadores de izquierda más importante del continente.  Sus libros, escritos o declaraciones estan siempre llenos de reflexiones y esta no es la excepción. Creo que logra explicar claramente de forma anecdótica como el desarrollo del capitalismo, lleva o ha llevado a una reposición del capital cada vez más rápida.

El escrito pese a ser un poco largo no tiene pérdida, sobretodo como bien dice él para los mayores de cuarenta años

Disfrutenlo….

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.

No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.

Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.

¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores.

¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

¡Guardo los vasos desechables!

¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!

¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plástica de los pollos!

¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!

¡Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!

¡Es más!

¡Se compraban para la vida de los que venían después!

La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas de loza.

Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de heladera tres veces.

¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.

¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de las Nike?

¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommiers casa por casa?

¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?

¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?

Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más basura.

El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.

El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero!!

¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de… años!

Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)

No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan.

Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De ‘por ahí’ vengo yo. Y no es que haya sido mejor. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el ‘guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo’, pasarse al ‘compre y tire que ya se viene el modelo nuevo’.

Mi cabeza no resiste tanto.

Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.

Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.

Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?

¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?

En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. .. ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las chapitas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!

¡¡¡Las cosas que usábamos!!!: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus. Y las cosas que nunca usaríamos. Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón. Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar. Tubitos de plástico sin la tinta, tubitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón. Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor.

Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín..

Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!

Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los cuentagotas de los remedios por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos. Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posa-mates y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía ‘éste es un 4 de bastos’.

Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.

Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden ‘matarlos’ apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: ‘Cómase el helado y después tire la copita’, nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.

Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.

Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la ‘bruja’ como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la ‘bruja’ me gane de mano y sea yo el entregado.

Vivimos en África pero nos creemos londinenses

Vivimos en AfricaHace algunos días me encontraba caminando por la cuidad de Caracas luego de salir del trabajo rumbo a mi casa. En medio del caos típico de las seis de la tarde me senté en una plaza a tomar un descanso y me dedique por unos minutos a observar tranquilamente el ir y venir de la gente, ya que como se suele decir “el día estaba hecho”. Luego de un rato de descanso comencé a darme cuenta de cuan particulares somos los venezolanos y en especial los caraqueños; desde el andar por la calle, la forma de actuar ante las situaciones, los gestos, las palabras, etc. denotan una sociedad con una especial idiosincrasia llegando a la conclusión que da nombre a este artículo, “Vivimos en África pero nos creemos londinenses”

Pues sí, particularmente creo que los venezolanos tenemos una dicotomía en nuestro quehacer social, un quiebre entre nuestra realidad del día y día y nuestro comportamiento, una forma de ser y unas costumbres que se adaptan poco a nuestras condiciones de vida.

Y es que aunque no lo crean vivimos en algo parecido a África, somos uno de los países más violentos del mundo ostentando el record de tener la segunda cuidad más violenta por homicidios (Caracas, con 96 por cada 100.000 habitantes) ganándole a cualquier cuidad de África. También somos uno de los países más corruptos ubicándonos en el puesto 162 de 179 donde sólo nos superan países africanos a excepción de Haití.

Pero hay más, según registros del año 2007 tenemos uno de los índices más bajos de gobernabilidad del mundo, al nivel de países como Zimbabwe, Costa de Marfil y Bielorrusia y además es de los que más se ha deteriorado en la última década y, para cerrar, en el año 2008 registramos la segunda inflación más alta del mundo, solo superada por Zimbabwe (es que este país se las trae, el es único que nos gana en todo).

Pero si todavía les queda alguna duda o no suelen confiar en la fiabilidad o relevancia de estos índices, pues los invito a reflexionar un poco sobre las condiciones de vida de nuestro país. En cuestión de un año ha habido cuatro o cinco apagones de energía eléctrica, con pérdidas incalculables para la población, además se está hablando de un racionamiento del servicio, ¡sí! En pleno siglo XXI están pensando en racionar el servicio eléctrico.

En cuanto a los servicios de transporte podemos decir que trasladarse en Venezuela es toda una proeza, el sistema de transporte público es de pésima calidad en cualquiera de sus versiones, incluso el Metro de Caracas, una de las cosas por la cual los caraqueños nos sentimos orgullos da muestras a diario de su colapso, incapacidad y mal funcionamiento. Si a ello le agregamos el tráfico y el mal estado de las vías el escenario es cuando menos paupérrimo.

En síntesis, vivimos en un país con un cierto grupo de condiciones muy parecidas en incluso en algunos casos peores que la de países africanos, claro está, poseemos ciertas condiciones (sobretodo a nivel económico) que nos diferencian de forma clara de la región más pobre del mundo.

Pero lo sorprendente de todo esto no es que vivamos en un país con una realidad similar a la africana, sino que nuestro comportamiento esta totalmente disociado de nuestras condiciones reales de vida. Por que en la sucursal de África llamada Venezuela vivimos enfluxados, entaconados, maquillados o perfumados (dependiendo del caso) así nos toque caminar 7 cuadras al día a 30º grados, porque en nuestra casa hay racionamiento de agua pero hacemos hasta lo imposible para salir igual de peinados todos los días, porque nos quedamos sin electricidad pero igual las mujeres se secan el cabello a diario, porque tenemos que agarrar tres transportes públicos y hora y media de traslado para llegar a nuestro trabajo pero eso no evita que lleguemos igualmente arreglados como si fuésemos para una fiesta, porque la mujer promedio venezolana no sale sin maquillarse ni para ir a comprar el pan, porque Venezuela ostenta ser el país de mayor consumo per cápita de cosméticos del mundo.

Pero no solo el culto al físico es una característica de la disociación de la sociedad venezolana, porque además somos el primer importador de Whisky del mundo y es que ni siquiera los mismos ingleses nos ganan en eso. Además tenemos una nueva moda (y disculpen de antemano que me vuelva a meter con eso, pero es que es un fenómeno social demasiado impactante), la moda Blackberry. Y aquí si peco de especulador y un tanto irresponsable porque no tengo el dato en la mano, pero creo que debemos ser uno de los primeros países importadores de Blackberrys, o al menos uno de los países con mayor crecimiento del mercado de estos equipos. Y cometo esta irresponsabilidad porque no hay más que levantar la vista y ver el porcentaje de personas usuarias de teléfonos celulares y la proporción de Blackberrys. Es realmente impresionante como esa moda ha calado en la sociedad venezolana y ya está pasando a ser parte de nosotros, como la ropa elegante, como el taconeo de la mujer, ahora tenemos al Blackberry. Ojo, en ningún momento he denigrado y descalificado las prestaciones y servicios de este teléfono porque es sin duda un salto tecnológico, pero más allá de su utilidad creo que para el venezolano de a pie este aparatico representa más fetichismo de la mercancía y demostración de opulenta que otra cosa.

Y la lista puede seguir, joyas, relojes, restaurantes, ropa, zapatos, rumbas, etc. En fin el venezolano promedio vive el día a día en su cabeza como si estuviese viviendo en una sociedad desarrollada y vive para darse gustos de ese nivel, pese a que día a día tenga que sudar la gota gorda en una camionetita o en medio del colapso del metro. Pese a que llueva, truene o relampaguee, haya apagón o marcha el venezolano siempre lleva el “glamour” por delante. Aunque vivamos en África nuestro realismo mágico nos hace caminar a diario por Abbey Road.

La idea de Dios. Autor: Xavier Sala-i-Martin

La segunda gran idea de la humanidad es la idea de dios. Es una de las más importantes a la vista no sólo de la cantidad de gente que a lo largo de la historia ha vivido solamente para contentar a su dios, sino que ha matado por él (o por ellos). Quizá dios no sea la mejor idea que ha tenido el hombre, pero seguro que es una de las más importantes.

Poniéndome en la mente de los hombres primitivos, supongo que dios debió empezar como una superstición: “hoy he salido de la cueva, he girado a la izquierda y ha cazado un ciervo. Ayer giré a la derecha y no cacé nada. Mañana, ¡a la izquierda!” (nota: a los seguidores del muro, este tipo de comportamiento les resultará familiar y típico no solo del hombre primitivo sino el hombre actual –menos primitivo: de hecho, recordad que un servidor hizo con el color de sus americanas durante el glorioso mes de Mayo de 2009: el día 2 llevaba americana verde y ganamos en el Bernabéu 2 a 6. ¡Ojo! Me dije: “A lo mejor debería llevar la verde este próximo miércoles cuando juguemos en Londres”. Así lo hice y Iniesta marcó en el minuto 93. La leyenda de la americana verde siguió en Valencia y, finalmente, alcanzó sus poderes sobrenaturales en Roma, Bilbao y Mónaco. Antes de que penséis que mi conducta fue extraña, dejadme que os diga que a mí se me nota más que a los demás, pero hablando con todos los que me rodeaban, desde el Presidente Laporta, a Pep Guardiola, Txiki, Johan o el resto de la junta directiva, todos, absolutamente todos habían seguido algún tipo de rito supersticioso, no tan llamativo como la americana verde, pero no menos real: desde la misma corbata hasta la misma comida el día del partido pasando por la misma ropa interior, resulta que todos habían sido igualmente supersticiosos.)

Volviendo al tema, a partir de la superstición es fácil que aparezcan los dioses. Al fin y al cabo, la superstición es la creencia de que hay una fuerza que no acabas de entender que dicta que las cosas salgan de una manera u otra. A partir de aquí, surge casi inmediatamente la idea de dios. Los dioses explican por qué pasan las cosas y por qué las cosas son como son: explican el principio y el fin, la creación y la destrucción, el rayo y el trueno, el mar y la tierra, el fuego y el aire, las lunas y los planetas. Algunas civilizaciones encarnan a los dioses en animales (vacas, serpientes, toros). Otras en los elementos celestiales (el Sol, la Luna, Marte, Júpiter). Algunos en fenómenos extraños que en aquel momento no se entendían (la fertilidad, la cosecha , el tiempo, la muerte). Algunas los mitifican en seres nunca vistos (Zeus, Júpiter o el dios judeocristiano).

De repente, algunas religiones monoteístas que salen de Zarathrusta empiezan a utilizar a los dioses como reguladores de lo ético (según Nietzsche, “Zarathrusta fue el origen del error más profundo de la historia humana: la invención de la moralidad), especialmente el judaísmo y sus dos descendientes importantes, el cristianismo y el islam. En ese momento, dios no sólo explica lo inexplicable sino gobierna sobre el bien y el mal y dicta nuestro comportamiento: no matarás, no robarás, no mentirás, no comerás cerdo… Dios impone una serie de reglas que permiten a las sociedades que las adoptan funcionar mejor que las que no las adoptan (es bueno que en una sociedad no haya robos, asesinatos, violaciones o, si hay triquinosis, no coma cerdo). La idea de dios es muy inteligente en este sentido porque, en un mundo donde no hay recursos para implementar la ley, concede premios al buen comportamiento (el cielo, la reencarnación en seres superiores) o impone castigos (el infierno o la reencarnación en seres inferiores), premios y castigos que nunca se pueden demostrar empíricamente: nadie ha visto el cielo o el infierno, nadie ha podido demostrar la reencarnación en vacas o en cerdos. La fe en la veracidad de esas promesas hizo que las personas se comportaran sin necesidad de un estado que imponga las leyes a través de la fuerza y el castigo terrenal.

La idea de dios como explicación de lo inexplicable ha sufrido una muerte lenta y paulatina que empezó con Thales de Mileto y los filósofos de la antigua Grecia. Aristóteles proclamó que todos los fenómenos naturales tenían una explicación y respondían a algún tipo de ley natural y no a la arbitrariedad de los dioses y sus titanes y que esa ley se podía descubrir a través de la observación, a través de la inducción. El cristianismo y la obsesión teológica sepultó esas ideas durante un milenio hasta que Santo Tomás redescubrió a Aristóteles a través del Islam y lo intentó casar con la teología cristiana. A partir de entonces, el cristianismo que hasta entonces había sido impermeable para con la ciencia empezó a permitir el pensamiento independiente. La revolución científica ha ido comiéndose el terreno de los dioses hasta dejarlo en casi nada. De hecho, hoy día las leyes de la naturaleza sabe cómo explicar desde el big bang hasta el ADN y desde la primera célula viva hasta el ser humano. Pero todavía hay tres cosas que no podemos explicar y para las que necesitamos a dios: La primera, ¿quien puso el punto inicial que explotó en el big bang? Es decir, ¿Cuál es el origen del universo? La segunda, ¿cómo pasar de ADN a vida? Es decir, ¿cuál es el origen de la vida… y por ende, qué pasa después de la muerte? Tercera, las leyes de la naturaleza lo explican todo, pero… ¿quién ha hecho esas leyes y por qué esas leyes son así? En este sentido, dos de los grandes científicos de todos los tiempos, Newton y Einstein eran profundamente religiosos y decían que lo que estaban haciendo no era substituir a Dios, sino descubrir las leyes que les permitían saber cómo pensaba dios.

La idea de dios como organizador de sociedades a través de la manipulación ética de sus individuos también ha perdido terreno, aunque en menor medida, ante el estado. Los estados han organizado maneras de perseguir comportamientos “indeseables” no a través de difusas amenazas infiernos o reencarnaciones, sino a través de castigos terrenales inmediatos: la cárcel o la pena de muerte. La gente que no cree en dios no roba, no porque se lo diga dios sino porque teme ser capturado por la policía y castigado por la autoridad legal.

Es interesante resaltar que la gente que cree en dios tiende a ser más feliz. No sé si es porque dios todavía explica lo que pasa después de la muerte y la gente que cree en la felicidad eterna afronta la muerte con menor temor. No lo sé. Lo que sí sé es que ese aspecto positivo debe estar en la balanza que nos dice si dios ha sido un buen invento o un mal invento. En el otro plato de la balanza está, lógicamente, el odio, las persecuciones, sacrificios y los crímenes que se han cometido en nombre de algún dios.

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